Unos que vienen y otros que se van. Así es: al igual que en la canción de nuestro Gulio , también los concejales de algunas pequeñas villas de Galicia deambulan de partido en partido, como desbocados putones saltacamas, en busca de quien pague sus servicios. Sucedió el jueves pasado en Castroverde y hace diez días en Oroso: concejales que dejan el BNG y apoyándose en otros del PP censuran a un alcalde del PSOE; ediles que abandonan el PP para echar a un alcalde de los suyos y colocar a uno socialista. ¡Todas las combinaciones son posibles! ¡Y todas las permutaciones, por supuesto! Culminada la traición, los felones son incluidos de inmediato por los medios y los partidos implicados en el flete dentro de una categoría general que eleva la trapisonda a fenómeno teórico: el del llamado transfuguismo. Y, por practicar el tranfuguismo, tránsfugas les llaman a los trapisondistas los periódicos y de tránsfugas los acusan los partidos que, contra ese vicio nefandísimo, han firmado un pacto destinado a erradicarlo. ¿Lo son los de Oroso y Castroverde? Hombre, en concreto no les sé, pero intuyo que usar tal sustantivo para describir sus idas y venidas supone, en un algo, abusar de la semántica. ¿Quién calificaría de magnate del transporte al conductor de una caravana de camellos? Pues eso mismo. ¿Que en qué me baso? Aunque podría decirles, como un amigo de la infancia, que me baso en Abderramán, es ésta una anécdota sin par que prometo ¿con gafas de sol¿ contarles en agosto. Vamos a ver: basar, me baso en mi experiencia. Y es que yo, señoras y señores, he tocado a un tránsfuga; o mejor, a varios tránsfugas. No, no vayan a creerse que en la Universidad disponemos de un laboratorio donde, como el doctor Mabuse o el doctor Jekyll, acometemos inconfesables experimentos biopolíticos con tránsfugas, traidores y felones. No, el asunto es más sencillo: procedo de una noble villa en la que he tenido la oportunidad de conocer a tránsfugas ilustres ¿incluso a algunos reincidentes¿ que me han enseñado algo de lo que sé de la cuestión. Por ejemplo, que en muchos pueblos, la adhesión a los partidos resulta puramente funcional y no ideológica, lo mismo que la decisión de abandonarlos o de cambiarse de uno a otro. Se es concejal de A o de B para que a uno le arreglen el camino, o le permitan edificar a él o a sus parientes, o le hagan la puñeta a ese cuñado con el que uno no se habla desde hace veinte años. Suponer que los concejales que se cambian de partido son todos tránsfugas al estilo en que lo son muchos de ciudad, es creer que en las aldeas y en los pueblos se vive ¿la política y lo demás¿ igual que en la ciudad. Pero lo cierto es que se vive de modo muy distinto. Para bien y para mal. Por eso hay poco transfuguismo y mucha trapisonda. Y por eso los pactos antitransfuguismo no sirven para nada.