El ex-presidente Carlos Andrés Pérez, que sufrió la primera intentona golpista de Hugo Chávez, insiste en decir que el pueblo venezolano arrojó al dictador del palacio de Miraflores. La misma idea fue glosada también por el arzobispo de Caracas, para quien es evidente que el pueblo protagonizó la transición entre la trágica noche del día 11 de abril y la dulce amanecida del 12. Y lo mismo dicen, sin excepción, todas las crónicas periodísticas, que parecen empeñadas en demostrar que la culpa del desastre venezolano recae en un solo hombre. Yo les digo, sin embargo, que allá ellos con sus enredos. Porque lo que de verdad conviene recordar es que, cuando el comandante Hugo Chávez fue elevado al poder por el pueblo de Venezuela, ya era evidente que se trataba de un golpista, un demagogo y un ignorante, y que iba a meter al país en un callejón sin salida. Por eso, si fuésemos prudentes, sabríamos que hoy no es un ocasión para la euforia y la complacencia, sino para la reflexión colectiva, y que nadie debería olvidar que un embaucador de baja estofa como el que ahora acaba de caer consiguió apoyos masivos para una fantasmada que él mismo bautizó como República Bolivariana, cuyas bases fueron improvisadas, en puro lenguaje tabernario, ante millones de televidentes entusiasmados. Si bien es cierto que los venezolanos se libraron de Chávez, noqueado y vencido por su propio histrionismo político, también es verdad que van a tardar muchos años en pagar su pecado colectivo y recuperar aquel país, ya decrépito, que pusieron en manos de un militar ignorante, dictador y demagogo. Lo que queda detrás de Chávez es un erial, sin Constitución, sin partidos, sin información, sin política, arruinado, corrupto, militarizado, socialmente dividido y sin un ápice de confianza en los foros internacionales. Y una buena parte de esa responsabilidad hay que imputársela al mismo pueblo que rodeó Miraflores y pagó con su vida la liberación de la peste política. Cada vez es más difícil entender por qué la demagógia encuentra su mejor caldo de cultivo en la socidad de la comunicación, o por qué la gente comulga con ruedas de molino mientras lee los periódicos o navega por Internet. Porque, antes de recurrir al tópico de la información manipulada, habría que explicar por qué las sociedades democráticas reniegan de la política sustantiva y se entregan a líderes que no tienen más capital que su juventud, su oportunismo o su labia incontenible. En términos históricos, la pesadilla Hugo Chávez duró sólo tres años. Pero su ponzoña impregnará el suelo de Venezuela durante más de una década. Y eso hay que decirlo muy alto y fregárselo a la gente por la cara. Porque si no lo hacemos así no aprenderemos nunca.