JOSÉ A. PONTE FAR
09 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Aguardando mi vez para una consulta médica, aprovechaba para leer un trabajo sobre la decadencia de la novela, un tema recurrente en los círculos literarios cada cierto tiempo. La sala de espera estaba abarrotada y temí no poder concentrarme en la lectura. En general, era gente mayor, quizá asiduos al lugar porque muchos se conocían entre sí. Y estaban enfrascados en conversaciones bien enhebradas y de largo recorrido. A mi lado, una señora, con voz cálida y muy clara, le contaba a otras la vida de su marido, allí sentado, y también interesado en lo que de él se decía. Muy pronto el interés del relato me pudo más que el de la lectura y me entregué a las palabras y al ritmo de contar, que tan sabiamente manejaba la señora. En una media hora, la mujer resumió, con indudable voluntad narrativa, la vida de su esposo. Me llamó la atención cómo, al igual que un novelista, manejaba el tiempo interno del relato: pasaba de largo sobre épocas de poco relieve en la vida del protagonista -ese tiempo anodino que todos vivimos y que la memoria va borrando con sutileza¿ para recrearse en los episodios más destacados y significativos. Escuchándola, se me hizo evidente que la vida, la vida de cualquiera de nosotros, al igual que las novelas clásicas, tiene un argumento. Presentación, nudo y desenlace. Echamos la vista atrás y parece que todo se ha concatenado de una manera coherente para desembocar en el punto actual en que nos encontramos. Además, como la memoria es selectiva y tiende a poetizar el pasado, la vida de cada cual puede adquirir interés novelístico, siempre y cuando quien la cuente ¿el propio protagonista o un narrador objetivo¿ tenga la capacidad narradora que se necesita. Como la de esta señora, capaz de enhebrar verbalmente la vida de su marido en torno a media docena de episodios contados con énfasis y amenidad. Después del relato, los setenta y tantos años de este buen hombre se nos presentan como una sucesión ordenada de hechos, unidos por la lógica de un hilo que va atando sólo las buenas experiencias. Ya decía Valle-Inclán que las cosas son como las recordamos. La pericia narradora de esa señora me ayudó a ratificarme en varias conclusiones. La primera, que hay gente con una capacidad innata para contar historias, oralmente o por escrito. La poseen los escritores, pero también personas, como esta mujer, que, seguramente, no escribió nunca ni una línea. La segunda, que por esa misma razón la crisis de la novela, de que me hablaba el libro que tenía entre las manos, carece de sentido. Podrá haber crisis de novelistas, de buenos narradores, pero la novela seguirá manteniendo intacta su capacidad metafórica y evocativa. La tercera y última, que es entre las personas mayores donde podemos encontrar los mejores narradores orales. Aprendieron en su infancia, en su casa y en la calle. Y es que antes se hablaba, se escuchaban cuentos, se contaban historias. La palabra narrativa ponía en funcionamiento la imaginación y la fantasía del individuo. Hoy, la industria del ocio nos atonta con pasatiempos hueros y vacíos, que, además de no enseñarnos nada, asfixian la palabra creativa y narradora.