CIUDADES PERDIDAS

La Voz

OPINIÓN

SUSANA FORTES

07 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

¿Qué paisajes llevarán ya en la memoria los arqueólogos que buscan yacimientos del pasado? Una expedición de la National Geographic Society ha encontrado en los Andes peruanos las ruinas de una ciudad en la región que fue el último baluarte de los incas en su defensa contra la conquista española: Corihuayrachina, que en idioma quechua significa oro fundido al viento. Basta el sonido de ese nombre, que contiene una poderosa sugestión, para devolvernos los sueños que aprendimos de niños en las novelas de aventuras y en los atlas de geografía universal. Restos de torreones circulares asolados por tempestades andinas, presas y canales de riego entre rocas, cementerios nevados. Apenas un mes antes, otra expedición que había partido de Galicia con menos medios, informó del descubrimiento de la capital perdida del último reino inca, Vilcabamba la Grande, en una zona muy próxima, también en el departamento de Cuzco, a pocos kilómetros de la ciudadela de Machu Pichu. Una imagina que en las ruinas de muchos siglos, sobre las pirámides truncadas de antiguos altares ceremoniales, la madrugada se funde errante con un silencio altísimo, como es el silencio cuando se eleva a la categoría de mito. Para quienes estamos vivos, los muertos son fantasmas que el tiempo devuelve al agua y a la luz, a la tierra y a los árboles. Cuando un arqueólogo pisa las piedras, por donde anda ahora esparcida la ceniza, siente probablemente que esa identidad, asentada sobre pasiones y odios como cualquier imperio, es igual que el microcosmos que tejen las arañas en sus telas: otro enigma. Pero no me refiero ahora a los misterios de la Historia cuya visión más atroz quizá desconocemos, sino a los de la búsqueda, esa pertinaz y conmovedora insistencia humana por descubrir bajo la apariencia caótica de las cosas un sustrato firme, duradero y cognoscible. Hay algo profundamente stevensoniano en el hallazgo de las ciudades incas, un chispazo de fantasía que nos devuelve aquel designio infantil que todos perseguimos alguna vez cuando, de críos, nos conjurábamos a la salida de cualquier cine de barrio para buscar tesoros, encontrar ciudades y desentrañar misterios. Entonces todos éramos como el arqueólogo Schlielmann que desde niño decide seguir las pistas que Homero fue dejando en la Ilíada hasta que un día, a los 40 años, su piqueta de excavador tropieza con el tesoro de Príamo y descubre que Troya había existido por la sencilla razón de que Homero no podía mentir. Es necesario ese idealismo. La historia de los descubrimientos científicos está jalonada a partes iguales de imaginación y tenacidad. Porque sólo se encuentra lo que se ha conseguido vislumbrar previamente con una luz anterior al conocimiento. O dicho de otro modo: encontrar algo es haberlo soñado antes.