ALFONSO DE LA VEGA
07 abr 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Los sucesos de Málaga y Sevilla, en los que han fallecido varios jóvenes presuntamente por el consumo de nuevas drogas, nos deben llevar a una reflexión sobre la naturaleza del ocio en nuestra sociedad. A lo largo de la historia las diferentes civilizaciones han recurrido al empleo de drogas con diferentes fines. Algunos de ellos con motivaciones de orden superior, como eran los procesos controlados dentro de rituales místicos o iniciáticos para alcanzar lo que los griegos llamaban epopteia o revelación, o, al menos, como Huxley, abrir las puertas de la percepción con fines científicos. Así, los misterios de Eleusis cerca de Atenas, donde se realizaba una especie de eucaristía en la que probablemente se utilizaba cereal infectado con cornezuelo del centeno. O los ritos de recolección y consumo de peyote en México o de ayahuasca, como los de la iglesia brasileña del santo daime. También los ungüentos usados en la hechicería occidental reprimida por la Inquisición como los que cita Laguna o Cervantes, en cuya composición aparecían plantas como belladona, beleño negro, cáñamo, cornezuelo, papaveráceas, etc., se empleaban para realizar «viajes astrales» inducidos. En El Bardo Thodol, el famoso libro de los muertos del budismo tibetano, se describen procesos con semejanzas en algunos casos entre los que percibe el visionario en su trance y los que ha de seguir el alma tras la muerte. También dentro del cristianismo, en ciertos frescos o capiteles románicos de los siglos XII o XIII en Francia o en Capadocia aparecen representaciones micológicas similares a la amanita muscaria o soma de los vedas. El propio vino eucarístico, asimilado a la sangre del dios cristiano, nos recuerda simbólicamente este orden de cosas. Pero siempre había un cierto control en cantidad y calidad de la droga utilizada. La civilización occidental actual ha perdido casi totalmente el sentido metafísico de la existencia, de modo que el consumo de ciertas drogas no forma ya parte de ninguna preocupación de carácter religioso, ritualístico o científico. Dentro de la cultura mediterránea el consumo de vino siempre ha tenido un alcance de participación social. Pero ahora nos hallamos ante un negocio descontextualizado en el que la juventud se sacrifica a la anomia y la barbarie. Y más que causa es síntoma de un fracaso multiorgánico agudo, especialmente en el ámbito de la educación.