LA NIÑA DE LA GRANADA

La Voz

OPINIÓN

Ayer la vi. Es una niña de seis o siete años, no más. Su padre, un militante palestino, ha muerto. Se ha inmolado en una acción suicida. La niña tiene la mirada muy triste en unos ojos grandes y negros. Está tocada con una gorra con una inscripción árabe que no sé traducir. Su vestido parece un uniforme militar. Y como grandes adornos femeninos, luce unos pendientes diminutos y una granada sobre su pecho. Una granada de mano, que el pie de foto no explica si es de verdad o una simple imitación. Pero ella es una niña. Una niña de ojos grandes con una granada sobre su pecho. Y su padre ha muerto. Ha muerto en una acción militar de intifada . Lo han enterrado como a un héroe; como a los únicos héroes que tiene la Palestina de Arafat, que no pueden hacer otra cosa que suicidarse matando en nombre de Alá, de la tierra castigada y de su hambre de siglos. Héroes para sus compatriotas; terroristas para sus víctimas. La niña, que no sabe nada de su futuro, ha heredado dos patrimonios: la memoria del padre inmolado y una granada que luce sobre su pecho. Como una joya. Como la cruz de los cristianos. Como un talismán. Ante ella, Antonio Machado habría preguntado: «¿A quién esperas / con esos ojos y esas ojeras?». Y la niña sólo podría responder que espera el momento de su propio sacrificio. Cuando se lo ordenen. Cuando le señalen el objetivo. Cuando la patria le reclame su vida. Ni Bush, ni Solana, ni ningún dirigente occidental saben cómo detener esa locura. Todos los mensajes se estrellan contra la dureza de Sharon. Y ahora, al ver a esa criatura, tengo claro que nunca callarán las armas árabes, ni volverán a estar tranquilas las nuevas torres gemelas que levanten. Nunca podrán callar las armas árabes, porque su hambre les pide otro paraíso. Y porque, cuando la generación actual sea inmolada, le sucederá esta generación de esta niña. En su rostro, hoy publicado, se condensa toda la inocencia infantil. Pero en esa granada está toda la tragedia del mundo. Nosotros, los niños cristianos, asistíamos a los entierros con un rosario, que nos daba esperanza eterna. Para esa niña, la esperanza eterna se contiene en una granada.