LENGUA Y TELEFÓNICA

La Voz

OPINIÓN

JOSÉ A. PONTE FAR

19 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Hace tiempo que Telefónica perdió la tilde, que obligatoriamente debiera llevar por ser palabra esdrújula. Ahora se anuncia, en carteles y en televisión, con una f de diseño curvo y afán globalizante, pero que no debiera eximirla de sus obligaciones ortográficas. Y no contenta con ese mal ejemplo para la escritura, ahora, con un anuncio televisivo, viene a interferir negativamente en la lucha cotidiana de muchos padres con sus hijos en el difícil asunto del uso del teléfono. Con más o menos rigor, la mayoría tratamos de que usen el teléfono de casa sólo cuando es necesario. Y si tienen que usarlo, deben ser llamadas breves, nada de ponerse a contarle al amigo lo que le dirán luego en esa cita que acaban de concertar y que era el motivo de la llamada. Pues resulta que ahora vemos con asombro que estábamos equivocados, además de comprobar que somos unos represores. Telefónicos, en este caso. En el anuncio de marras, un joven habla distendidamente por teléfono en el salón de la casa. El padre le indica por señas que el tiempo corre y cuesta. Ante semejante tacañería, el chico interrumpe la conversación, pero no cuelga, y le da a su padre un euro para que no proteste más: esa es la ridícula cantidad que cuesta la llamada. Tanta historia por una miseria. El padre del anuncio se queda como avergonzado, los padres espectadores nos quedamos con cara de tontos, y los hijos mirándonos de reojo. Como educar es una tarea común, no sería descabellado sugerirle a Telefónica que en vez de animar a los jóvenes a hablar mucho por teléfono los anime a hablar bien. Se lo agradeceríamos todos, empezando por los profesores de Enseñanza Secundaria, que nos encontramos incapaces de mejorar su pobrísima expresión oral (y escrita, consecuencia lógica de lo anterior). Es la de ellos un habla a medio camino entre el argot y la jerga, entre lo gestual y lo monosilábico. Nuestra tarea en clase empieza por insistirles en la necesidad de aumentar la competencia lingüística personal, pues sólo dominando nuestra capacidad comunicativa nos convertiremos en seres sociales, capaces de decir lo que somos y lo que queremos. Pero me temo que no avanzamos un centímetro. Nuestros jóvenes de Secundaria y Bachillerato, en general, leen poco por vocación, y no hay mejor medio para aumentar el léxico, fijar estructuras sintácticas y morfológicas, precisar el significado de las palabras. Además, ni siquiera entre ellos tiene prestigio el hablar bien. No es algo que se valore en el amigo o en el compañero. Quizá porque comprueban diariamente que el nivel de expresión de los mayores tampoco es mucho mejor. Ellos ven la televisión y escuchan con gran atención algunos programas donde se plantean debates en los que tiene más razón quien más grita y quien más énfasis pone en los tacos que dice. Y menos mal que el pésimo ejemplo de nuestros políticos, hablando en televisión, tiene menos incidencia en ellos, enfaenados a esas horas en llamar a los amigos por teléfono. Para regocijo de Telefónica, claro.