Entre el principio democrático y la lógica del mercado existen contradicciones, desencuentros, rupturas y equilibrios inestables. El principio democrático se fundamenta en la libertad, la igualdad y en construir convivencias con sentido de justicia social. La lógica del mercado se alimenta del beneficio y tiende a concentrar recursos, actividades, rentas, inversiones y población. Alguien dijo que el Estado civilizó al mercado en algunos países europeos, pero dudo que el problema esté así bien planteado. Sabemos que el mercado competitivo resuelve mejor que nadie algunas cosas. Por ejemplo, asignar los recursos que satisfacen el consumo privado (parte muy relevante de la economía de los países), así como determinar el grueso de las inversiones productivas. Pero el mercado es deficiente en la producción de bienes con efectos externos positivos (infraestructuras físicas, tecnológicas y capital humano), asigna mal los recursos sanitarios y proteger peor el medio ambiente. En materia redistributiva el mercado es un fracaso. De modo que estamos ante un mecanismo asignador que hace bien unas cosas y mal otras, reduciendo su calidad cuando no existe competencia. La teoría económica del sector público justifica la intervención estatal para corregir ciertos fallos del mercado (distribución de la renta, monopolios, bienes públicos, externalidades, información asimétrica, riego moral, etcétera). Pero convendría saber si el mercado falla o es así por naturaleza. Posteriormente, el pensamiento neoliberal reacciona y dice tu más . Nace la teoría de la elección pública que subraya perversidades e ineficiencias del Estado, reforzando las bondades del mercado. El debate ideológico tiene así cobertura actualizada en la ciencia económica. El control mediático constituye el último eslabón del proceso. Combinar la reducción del IRPF con el déficit cero no sólo aleja la convergencia del gasto social con los parámetros europeos, sino que también reduce la equidad fiscal y favorece la penetración de la empresa privada en la gestión de los servicios públicos. El formato siempre es técnico, pero detrás hay intereses e ideologías concretas. Tampoco es designio de los dioses predicar la congelación salarial para los trabajadores (en términos reales), cuando unos pocos acumulan riquezas sin límite. Moderar salarios y flexibilizar los mercados laborales son obsesiones interesadas e insensibles al ciclo económico que algunos quieren gravar a fuego en el alma de los perdedores. Desear que las sociedades democráticas controlen y practiquen una fiscalidad efectiva sobre los mercados financieros globalizados parece sensato, pero se desprecia y condena a los que reivindican esas cosas. Como si los pueblos legítimos no pudieran manifestarse contra sus gobiernos legítimos (decía Máximo en su viñeta). Como si esos equilibrios fueran realmente insoportables.