YASHMINA SHAWKI
15 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Le tiemblan las piernas y le sudan las manos. Por mucho que procura respirar lenta y profundamente no logra dominar los nervios que no le han dejado dormir en toda la noche. Hoy es el gran día y ya no hay vuelta atrás. Una vez tomada la decisión no puede acobardarse. No es el fruto de un impulso momentáneo sino el resultado de una larga y profunda reflexión. Sabe lo que piensan sus hermanos que viven cómodos y seguros en el extranjero. Opinan que es una locura sin sentido que no conduce a ningún lugar que, en cuestión de segundos, dejará de ser un chico normal para convertirse en mártir de una causa que no tiene visos de solucionarse. Conoce también el terror de su madre a perderlo y la impotencia de su padre, demasiado mayor para empuñar las armas, demasiado enfermo para imponerse a su hijo adolescente. Pese a todo ello, Samir está convencido que ese es su destino y de que, tarde o temprano, su muerte colaborará, de forma decisiva, a que la resistencia palestina alcance su meta. Los malditos judíos les han arrebatado sus tierras, los han encerrado en campamentos provisionales que se convirtieron en definitivos tras casi seis décadas de ocupación, les han humillado dándoles trabajos para perros y haciéndoles pasar por exhaustivos controles. Un callejón sin salida. Sólo les queda su dignidad y su vida. La primera no pueden arrebatársela, la segunda solo la dará cobrando un peaje de sangre. ¡Alá es grande! Isaac no ha dormido en toda la noche haciendo guardia en el interior de la cabina del tanque. Ha fumado casi una cajetilla completa y los termos de café que habían traído entre los cuatro compañeros no han superado el amanecer. Tiene miedo y lo disimula contando aventuras pero, tras largas horas de vigilancia, las novedades se agotan. Cada ruido le impele a quitar el seguro de su arma y apuntar en dirección al origen del sonido. Los palestinos son como cucarachas, rápidas, veloces y sucias. Uno nunca sabe de donde provienen y no hay forma de exterminarlas a todas. Isaac es nieto de los primeros colonos. Ha tenido la suerte de no vivir la zozobra de un Kibutz fronterizo pero, se ha criado oyendo las historias de terror en las que, la angustia de vivir, trabajar, dormir y amar con el arma preparada para defenderse ha hecho que la sospecha sea sinónimo de supervivencia. Es consciente de que los judíos viven rodeados de enemigos dispuestos a eliminarlos pero la tierra de Israel tiene que ser defendida a cualquier precio de cualquiera que la amenace. Tanto Samir como Isaac tienen veinte años, han nacido en la misma tierra separados por pocos kilómetros de distancia, son hijos de la misma generación y se han criado en un estado de guerra permanente. Ninguno de los dos defiende una causa injusta y ambos son víctimas de unas circunstancias y una historia que no han buscado. Samir hará detonar una bomba que le hará saltar por los aires, Isaac estará en su radio de acción. Cara y cruz de una moneda que gira y gira sin caer hacia ningún lado. ¿A quién le toca apostar ahora?