JUAN J. MORALEJO
12 mar 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Era un sábado ya hermoso y tenía que serlo todavía más porque iba a pasármelo en la mejor orilla del Miño, es decir, la de Valença, Vilanova da Cerveira y Caminha. Pero el día se me nubló cuando un amigo común me preguntó si sabía «lo de Casares» y mis buenas expectativas de novedad editorial, de un premio, de un buen hacer que tendríamos que agradecerle a Carlos, se hundieron en la tristeza de perder a un amigo al que, pese a la rutina con que abusamos de lo que deberíamos racionar para que no se nos deprecie, todavía tiene sentido cabal recordarlo como un hombre bueno, todo un señor. Conocí a Carlos allá por primavera de 1965. Yo completaba un máster de High Strategic Studies que había seguido en Queen¿s Mountain con la calificación de nada menos que Cabo I de España y V de Alemania. Un capitán, agudo y perspicaz donde los hubiera, me descubrió el mediterráneo de que yo no tenía espíritu militar y, con la venia, me permití sugerirle que ¡of course!, no podíamos todos tener de todo y tal vez él no tendría espíritu filológico. El caso es que la vecindad de mis galas, machete incluido, desacougaba a unos conspirantes de cafetería entre los cuales estaba a veces Carlos. Lo que no sabían es que en la tertulia tenían a un soplón que les había infiltrado el soplón mayor, del que es mejor hacer amnesia que amnistía ¡y yo bien me entiendo! Nuestra amistad, propiciada, creo, por Luís Mariño o por Ramón Piñeiro, empezó cachondeándonos de mis obligados aires pretorianos y de los recelos que suscitaban en aquel tropel de progres y se continuó con que resultábamos tener experiencias familiares, ambientales, veraniegas... parecidas y muy propicias para la tertulia y el folio que las renueven cuantas veces hagan falta. Le fallé ¡y no se perdió nada! a su dedicatoria de Vento ferido en la que esperaba leer pronto las narraciones de que hablábamos. Pero no nos falló él en sus hermosos cuentos y en todo lo que sus novelas tienen de recordar el Xinzo y el Ourense que vivió en infancia y juventud, además de acrecer ese recuerdo con una espléndida información familiar, de tertulias, de lecturas. Cuentos y novelas, pero sobre todo esa galería sabrosa de Á marxe en la que su perfección endiabladamente sencilla en la narración lo convierte en una mano maestra que puede ser más difícil de imitar o secundar que otras que se despepiten en rebuscar y agotar figuras contra llaneza. Y se me acaba el folio y no puede abundar en que compartíamos la pasión por los trenes eléctricos. Él no iba al río, pero para mi libricho sobre las truchas me hizo un prólogo hermoso que, unido al epílogo con que me adornó Cunqueiro, hizo de mi libro un curioso bocadillo en el que el jamón, pata negra, estaba por fuera y dentro quedaba un pan de medio pelo. Fue todo un señor, un hombre bueno, culto a tope y buen escritor. Gente así siempre se muere a destiempo.