FRONTERA SUR

La Voz

OPINIÓN

SUSANA FORTES PUNTO DE FUGA

23 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Hay ciudades en las que uno no ha estado nunca y que sin embargo recuerda como si hubiera vivido en ellas. Yo me acuerdo de haber visto la capital austral desde un avión iluminada por resplandores de relámpagos, tal como la decribió Antoine de Saint-Exupèry en Vuelo nocturno, y me parece que he soñado esas imágenes. Antes ya conocía algunos detalles, las historias de emigrantes que se contaban en las tardes de verano, junto a la era, cuando acababa la malla del centeno. Se decía que allá había extrañas gramíneas que incendiaban el aire de colores tan intensos que podían cegar el sol, praderas anchísimas hechas a la medida del galope de los caballos y mujeres que envenenaban la sangre de los hombres con aliento de azúcar para que no quisieran volver. Aprendí a vivir con ese misterio y con el nombre fascinante de una ciudad: Buenos Aires. Más tarde descubrí su arquitectura literaria: Borges, Sábato, Bioy Casares, Cortázar... A través de las novelas fui adentrándome en sus calles. Recuerdo viejos caserones, árboles en avenidas titánicas, una tempestad de pájaros azules cayendo sobre los álamos de una plaza, un grupo de obreros cebando mate junto a un tanque de alquitrán, un taxi que pasa deprisa; también me acuerdo de una pieza de hotel y de un callejón con luces rojas que bajaba hasta el estuario donde una vez un hombre perdió a una mujer y era todo cuanto tenía. En Buenos Aires nació la tristeza esquinada del tango. Y es probablemente la ciudad con más poetas y filósofos por metro cuadrado, la más literaria. Decía Mario Vargas Llosa que la primera vez que la visitó, a mediados de los sesenta, descubrió que había más teatros que en París. Que un lugar así, un país donde una vez encontraron sitio los emigrantes, los exiliados, los que no tenían un lugar en el mundo, se vea ahora arruinado y abandonado por todos, produce una congoja irreparable: calles enternecidas de penumbra, el cementerio de la Recoleta, las aguas del Plata... El otro día en uno de las numerosos reportajes que emite la televisión sobre la situación de Argentina, vi cómo un hombre mayor explicaba ante una cámara lo que estaba viviendo el país, la caída en picado hacia ninguna parte. Pero no era tanto lo que decía como la desesperanza, el absurdo del esfuerzo de tantos años... Sin ganas ya de hablar, un gesto apenas para expresar el trazo limpio de una dignidad que perdura en esencia, a pesar de haber perdido ya los mimbres que una vez la sustentaron. Fue entonces cuando me di cuenta, más que nunca, de que si los gallegos no fuésemos gallegos, seríamos argentinos. Y sobre el fragor incesante de las cacerolas, escuché muy clara la voz de Celso Emilio: «Galicia limita al Norte con los vientos alisios y al Sur con un arrabal de Buenos Aires».