EL PAÑUELO Y SU LÍMITE

La Voz

OPINIÓN

VIRIATO A TRAVÉS DEL MUNDO

21 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

El consejero de Educación de la Comunidad de Madrid, Carlos Mayor Oreja, ha zanjado la polémica del hiyab permitiendo a la niña marroquí Fátima Elidrisi acudir con el pañuelo en la cabeza al colegio de San Lorenzo de El Escorial. Con esta decisión, contraria a la opinión de la directora del centro escolar, el político madrileño no ha hecho otra cosa que optar por la misma solución que en su día eligieron los colegios de Ceuta y Melilla y varios de la península. Es lo que a trancas y barrancas se ha aceptado en Francia y lo que desde un principio se permitió en las escuelas británicas y estadounidenses. Sin embargo, esta decisión no zanja la polémica, la acrecienta. ¿Las sociedades occidentales deben aplicar el multiculturalismo, el melting pot, que en Estados Unidos ha entrado en crisis, o, por el contrario, intentar que los recién llegados asimilen la cultura del país que les recibe? Serafín Fanjul, catedrático de literatura árabe, citaba en un reciente artículo la pasión de una antropóloga norteamericana en la televisión mexicana, evocando con entusiasmo las conmovedoras motivaciones místicas de los sacrificios humanos practicados por aztecas y mayas, y se preguntaba si en aras de la convivencia las sociedades occidentales deben aceptar la poligamia, la ablación, el infanticidio, la magia negra o el asesinato de la novia que pierde la doncellez antes de tiempo. Para el politólogo italiano Giovanni Sartori, la buena sociedad es la sociedad abierta que él interpreta como una sociedad pluralista basada en la tolerancia y en el reconocimiento del valor de la diversidad. Y es desde esta diversidad desde donde cabe la alerta contra el riesgo que representa para las sociedades occidentales la llegada masiva de inmigrantes con religiones y culturas portadoras de valores difícilmente compatibles con las nuestras. La tolerancia y la democracia deben defenderse -dice Sartori en La sociedad multiétnica- contra los intolerantes y contra los que se aprovechan de las facilidades de la democracia para destruirla. A España y a Europa toda le esperan años difíciles porque -añade Sartori- «cuanto más grande es la diferencia cultural, más difícil es la integración». Si Occidente permite que en sus países haya grupos étnicos y religiosos como los árabes, sociedades teocráticas que viven a su manera, consideran infiel al que los acoge y no respetan las reglas y la cultura occidental, la cuerda de la tolerancia puede romperse y resurgir el racismo, semilla de sangrientos enfrentamientos del pasado.