XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
21 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.La pierna amputada de Eduardo Madina puede llevarnos a concluir dos cosas contradictorias. La primera, que el pacto antiterrorista es el camino, y que hay que insistir en el cerco jurídico y político contra la periferia de ETA. La segunda, que ETA es inmune a los ataques laterales, y que la presión que se hace sobre sus espacios políticos apenas hace otra cosa que ampliar el eco de sus bombas, y que incluso puede servir para cohesionar a un movimiento abertzale que está zozobrando en un mar de dudas y contradicciones. La lectura que están haciendo las fuerzas políticas y el Gobierno de Madrid se inclina una vez más por lo obvio: que ETA es una banda asesina, que las patrias no se construyen con sangre, que no se puede ceder un milímetro en la presión contra los etarras y que tan criminal es el que pone la bomba como el que le apoya. Pero, un poco más allá de esa evidencia, nadie parece querer entrar en el hecho de que ETA trabaja justamente con esos materiales, que no se siente cohibida por el desprecio social que genera su violencia ciega, que tiene capacidad para mantener su estrategia de terror y que en modo alguno limita sus amenazas a los colectivos policiales, militares o políticos que pueden ser relativamente protegidos. Por eso sigo dudando de una estrategia que, si es eficaz a la hora de salvar las responsabilidades de gobierno -ni una crítica al poder, ni una discrepancia en el discurso, ni un líder fuera de la pancarta-, se muestra absolutamente incapaz de romper el círculo vicioso de la violencia: de la acción a la reacción, y de la bomba a la condena, con la meticulosa exactitud de un rito que pierde interés a medida que se repite. Aunque el castellano es rico, y ETA rompe todas las barreras de la repugnancia, nadie encuentra palabras para una condena que no suene a repetida, y nadie consigue evitar que en todas las reacciones institucionales se cuelen las sospechas e insinuaciones que abren injustas fisuras entre la inmensa mayoría que se sitúa sin titubeos enfrente de ETA. La coincidencia entre el atentado contra Eduardo Madina y la reunión del pacto antiterrorista está sirviendo para reafirmar las claves de la actual estrategia antiterrorista, y para acelerar lo que ya parece una inevitable ilegalización de ese mundo abertzale en el que todavía se encuadran cientos de miles de vascos. A mi, en cambio, me produjo una pesada sensación de película ya vista, y de que, entre atentado y atentado, no aprendemos casi nada. El terror en Euskadi tiene la factura de un nudo gordiano que nadie acierta a deshacer. Por eso se necesita un líder -¡político, por supuesto!- que saque la espada y lo corte de un tajo. Así de simple. Así de imposible.