ADIÓS, COMPADRE

La Voz

OPINIÓN

MANUEL ALCÁNTARA

17 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Si hay alguien con quien me guste cumplir mis promesas es conmigo mismo y me había prometido no escribir más artículos necrológicos. (También tenía pensado no asistir a más entierros que al mío). A ciertas alturas de la vida, que dan un vértigo horroroso, van desapareciendo nuestros testigos y nos vamos quedando más solos que siempre. Llevo una temporada tremenda: Eladio Caballero, Mariano Tudela, Camilo, José María Sánchez Silva... de luto un día sí y otro también. Y eso tampoco. La tristeza es contagiosa y lo único que he pretendido siempre es distraer por las mañanas, durante dos minutos y medio, a quienes me hagan la caridad de leerme. Lo que pasa es que hoy se me ha muerto Salvador Jiménez, que además de mi amigo de toda la vida era mi compadre. Una relación sagrada. Hay gente que se muere y gente que se nos muere. Con la última nos morimos un poco y se nos agitan los días de ayer. Se rebobina el vídeo de la memoria insurgente y comparecen los viejos periódicos y los viejos cafés donde nos veíamos todas las tardes y las Jornadas Literarias y la habitación de la calle Elvira, llena de endecasílabos. Salvador Jiménez era de todos nosotros el más fantástico, o sea, el más imaginativo y quimérico. Un pudoroso poeta y prosista excelente. Cuando estaba vivo estaba más vivo que nadie. Salvadorísimo. ¿Dónde estarán ahora los versos que se sabía de memoria?, ¿y su amor por la pintura, por el café sin azúcar y por los amigos?, ¿dónde estará ahora su amor por el amor? Sigo sin comprender la muerte. Puede que la ceniza tenga sentido, pero no lo tiene que alguien se convierta en ceniza. «Lo incineran hoy», me dice mi ahijado Pablo. No sé si lo entiendo bien, en mi aturdimiento. ¿Cómo podrá quemarse el fuego? Hablo con su hermano Jaime Capmany, con Rafael de Penagos, con José Antonio Cubiles. Un cónclave de supervivientes. «Tu estás muy bien», me dice alguien que jamás me lo dijo cuando realmente estaba muy bien.