ANTONIO PAPELL
11 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Hasta la prensa seria ha tenido que ceder y ocuparse a fondo del fenómeno de Operación Triunfo, probablemente el espectáculo televisivo que más ha sintonizado con la ciudadanía desde la aparicion de la televisión, y que ayer llegó a su cénit en una espectacular gala. Es meritorio haber conseguido tal éxito mediante un programa que no recurre a las tretas de la telebasura, si bien no está de más preguntarse si la televisión pública es el marco adecuado para este tipo de emisiones, que son cualquier cosa menos un servicio público. El programa tiene el mérito de fomentar ciertos valores, como la competitividad, la capacidad de superación, el esfuerzo, etcétera, que cuando menos no son negativos. Aunque fomenta también una determinada estética y una concreta noción del éxito que sí son discutibles y que en todo caso no deberían ser oficiales. Ni tendría sentido desconocer que en el trasfondo de este programa no hay ni rastro de filantropía: unos magníficos empresarios del espectáculo han tenido una genial idea y han hecho un espléndido negocio. Nada que objetar, salvo la evidencia de que no tiene sentido que, cuando prosperan las teorías del Estado de mínimos, sea este mismo Estado el que se lance a la promoción de jóvenes cantantes.