LOLA BECCARÍA
05 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Han pasado ya unos días desde la muerte de Camilo José Cela, cuyo cuerpo yace ahora bajo la tierra húmeda y musgosa del cementerio de Iria Flavia. Y me ha dejado cierta impresión en el recuerdo. Conservo en la retina ese enorme olivo que a modo de paraguas cobija ahora su tumba y le hace de cobertura, tal vez inútil o imposible, contra este orballo nuestro. Todo fue planeado en vida del difunto. Él mismo decidió su lugar de enterramiento; qué lápida, qué olivo. Tenía bien claro cómo quería que fuera todo después de su partida. De esta forma Cela se convirtió en el director de su última escena en el mundo, y curiosamente ese día del entierro yo casi lo podía ver -lo imaginaba tan vívidamente- dando instrucciones en figura de fantasma, como si fuera John Huston o François Truffaut, ordenando aquel foco o aquella cámara, aquel plano o aquella toma, para que todo saliera a su entera satisfacción. Observé fascinada las imágenes que daban por televisión como si estuviera contemplando una película. La comitiva que transportaba el féretro, la familia, los mandatarios y celebridades de toda especie, la gente del pueblo, los acompañantes anónimos, todos parecían formar parte de una escena ensayada una y mil veces en la imaginación del protagonista de la historia. Y aunque el rostro de Cela no se podía ver, oculto bajo la tapa del ataúd, estoy segura de que iba sonriendo satisfecho, mirando aquí y allá, comprobando que la muerte puede ser un espectáculo hermoso, una vivencia realmente grandiosa, cuando los demás te hacen el regalo de obedecer tu dictado para ofrendarte el último adiós. Esta manera de hacer las cosas es síntoma de perfeccionismo, sin duda. Es un claro indicio de sentido estético. Y también es un modo de permanecer. Los que quedan demuestran su cariño al que se marcha cumpliendo sus deseos. Y lo cierto es que -aparte de otras consideraciones- había amor en ese entierro. En esos precisos momentos, la literatura, los premios, el reconocimiento hacia el escritor, la fama, quedaban relegados a su justo lugar. Se despedía a un hombre, un colega, un amante. Sus seres queridos, sus paisanos y amigos tomaron las riendas de una despedida que, bajo los flashes, por entre comentarios de todo tipo, también pudo ser íntima y sentimental. ¿Y qué sintió él realmente? Supongo que una mezcla de muchos sentimientos. Orgullo, aprecio, diversión, coqueteo, amor. Tal vez una última manifestación de vanidad. Todos soñamos en el fondo con la inmortalidad. Y creo que los artistas especialmente. Pintamos, esculpimos, escribimos porque la vida se va, porque un día tenemos que marchar, y mientras tanto, hay que buscar palabras para explicar lo que aquí somos, mientras estamos vivos. Al final nuestra obra queda, y con ella pervive una parte de nosotros. No la mejor ni la peor. Sencillamente una parte.