MANUEL SÁNCHEZ SALORIO (Catedrático de Oftalmología, Universidad de Santiago)
04 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Tenía el gesto amable, pronto el ingenio y la memoria bien provista de sucesos, recuerdos y portentos que él sacaba y ocultaba con el arte de un prestidigitador. Detrás de sus gruesas gafas de miope sus ojos se movían, siempre alerta, curiosos e incesantes. Contaba como nadie los múltiples sucesos de su vida y muy especialmente aquellos que una y otra vez reinventaba y rehacía. Con presencia real o imaginada participó en todas las grandes batallas de su tiempo y de todas salió ileso. Porque Felipe Fernández Armesto, probablemente el periodista más importante que dio España en todo un siglo, nunca asumió papeles ni equipajes que no pudiesen ser salvados en caso de naufragio. De algún modo, sólo de algún modo, su coherencia fue la de la veleta: sólo cambio si otros cambian. Pero fue un maestro en el arte de adivinar y de describir -muchas veces entre líneas- los vientos cambiantes de la Historia. Antes, incluso, de que las nubes empezasen a moverse o a agitarse las banderas. Entre nosotros durante muchos años la pluma-veleta de Felipe fue la principal anunciadora de los caminos por donde iba a llegar la libertad. Vivió en Berlín, en Londres, en Nueva York, en Bad Godesberg, pero Felipe Fernández Armesto fue siempre la contrafigura de un cosmopolita. Nunca las raíces que nutrieron su infancia y juventud abandonaron su cabeza ó su corazón. Oírle hablar inglés o alemán con acento ourensán era el testimonio inequívoco de la fuerza del imprinting, de esa urdimbre emocional en la que se forja y se troquela para siempre la personalidad. Quizás fue la fuerza emocional de esa urdimbre la que hizo que Felipe para esperar y preparar el momento de franquear la última puerta que da a la noche haya elegido el contacto con la lama húmeda de la tierra y la compañía totémica de esas doscientas vacas que él conocía y trataba personalmente. Xanceda fue su Yuste. Fue el sabio intento de reconciliar su principio con su terminación. La Aldea como Principio y como Fin. Como Santuario y como forma auténtica de vivir... y de morir. Por eso fue tan bella, tan adecuada y en el fondo tan reconfortante esa su última gran caminata por entre los prados de Mesía. El sol luciendo entre las nubes, los paisanos y los amigos haciendo el largo camino a pie, y en silencio, las campanas de la Iglesia anunciando el duelo. Y en la memoria de cada uno moviéndose y pidiendo vía libre los recuerdos. Fue hace ahora casi medio siglo. Por aquel entonces yo era un apenas incipiente aprendiz de oftalmólogo. Movido por la mítica atracción del Germania Docet, llegué a la Clínica Universitaria de Bonn sin conocer absolutamente a nadie. En aquella Alemania todavía fuertemente marcada por la derrota en la que las ruinas provocadas por los bombardeos se apilaban entre las calles y en la que algunas gentes hacían cola para conseguir la leche en polvo de la ayuda americana (¡pero en la que ya funcionaban los hospitales y las universidades!), Felipe Fernández Armesto fue mi único valedor. La casa que María Victoria y Felipe tenían en Bad Godesberg fue para mi, muchos domingos, una casa de acogida. Desde entonces siempre he considerado que la amistad de Felipe Fernández Armesto ha sido uno de los privilegios que la vida me ha concedido. Porque su conversación era una fiesta que nunca acababa. Era ahí, en la conversación sin orden ni medida, donde su inteligencia, su cultura y su carácter fabulador alcanzaban su máximo fulgor y su más alto nivel de autocomplacencia. Donde se recreaba y se reinventaba cada día como el personaje irrepetible que era. En algún lugar dice Schlegel que la vida es ein unendliches Gespräch, una conversación interminable. Con la muerte de Felipe Fernández Armesto sentimos que de modo irremediable también algo muere dentro de nosotros. ¡Qué le vamos a hacer! Sólo nos queda desearle que descanse en paz.