«MAISON D''EXIL»

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA VIVIR SIN SER VISTO

01 feb 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Al regresar a París volví a visitar en el Panteón la tumba de Víctor Hugo. Me gusta mucho el edificio de Soufflot por lo que me recuerda del Panteón de Agripa en Roma. Es una demostración de hasta qué punto el racionalismo laico, para tomar prestigio social, tuvo que revestirse de los mismos atributos sagrados y religiosos que persiguió. En el crucero se mueve sin fin el péndulo de Foucault. En la cripta están las tumbas de algunos personajes ilustres. Muchos políticos, muchos militares napoleónicos, pocos intelectuales (Voltaire, Rousseau), pocos escritores (Hugo, Zola, Malraux), pocos científicos (los esposos Curie) y ningún artista. Hugo en su cubículo está solo frente a Zola. No cambiaría toda la púrpura de Francia por la luz, el aire libre, el cielo abierto, el viento húmedo y ya casi salino que se respira en este perdido camposanto normando de Villequier. En un dibujo hecho a tinta sobre papel, Pochoir (1858), Hugo representó la tumba de su hija y su yerno ahogados con una lápida doble de remate redondeado. La luz de la luna ilumina parte de la misma y descubre un alfabeto inconexo de palabras. Todo el resto es tenebroso, aunque percibimos otras tumbas, estelas e incluso hasta un posible sauce. No sé si antes llegó a estar así, hoy se alza una única lápida de forma ojival donde están grabados ambos nombres. Ahogados En Llanto en la noche grita la voz de un padre desolado: «Se ve el interior de la fosa, triste cuna», y añade: «Por todas partes surgen piedras de la tierna tierra;/ Y se escuchan las campanas;/ Abriéndose, como si fueran párpados;/ Y la blanca mariposa dice: ¿Qué han hecho estas piedras?/ Y le responde la flor ¡Ay!/ ¿Es que sufren algún castigo/ Dios mío, para padecer semejante agonía?». En la densa obra poética de Víctor Hugo podemos rastrear otras muchas referencias a los ahogados. Por ejemplo, en Tristeza de Olimpio, están estos otros versos escalofriantes: «Y si en algún lugar en sombras solitarias,/ Dos amantes refugian, entre flores, su anhelo,/ Tampoco iréis allí a decir al oído/ ''¡Recordad, seres vivos, a aquellos que murieron!''». El autor de Los miserables viajó varias veces por Normandía. En Hauteville House hay mucha porcelana de Rouen de la que era un gran admirador. Algunos de sus contemporáneos como Flaubert o Maupassant eran de esta región. A él le gustaba este paisaje marino desolado y violento. Aquí descubrió o se ratificó en la opinión de que la naturaleza es bella y el hombre feo. Hugo creía en una doble muerte. Una, la natural y personal. La otra, incluso más cruel, producida a posteriori cuando las personas, los paisajes y los objetos que habían rodeado cotidianamente al individuo también desaparecían, se metamorfoseaban o pasaban a otras manos anónimas y desconocidas. Maison dïexil denominaba el escritor al cementerio. Yo, sentado sobre la tumba de su hija Léopoldine y su yerno, en esta hora turbia en que comienza a caer la tarde, miro hacia lo alto. Los nimbos parecen pequeñas anímulas perdidas. Estoy donde otros han estado. Aquí adonde he venido otros vendrán con las mismas preguntas que no supo responder la soberbia del genio: ¿Por qué aquí nos hallamos? ¿Cuál es el fin último de todo lo creado? Nuestra alma, ¿qué hace? Ser, vivir, ¿es igual? ¿Por qué El mismo destruye lo creado? Mientras pienso, el viento helado y húmedo del río me zarandea el rostro. Miro hacia las lápidas anónimas o inmortales, al sagrado recuerdo, al enigma que allí en la sombra duerme.