CARLOS G. REIGOSA
25 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Me ha quedado pena por ser uno de los muchísimos columnistas que han escrito sobre Camilo José Cela sin mencionar, ni de pasada, a Rosario Conde, su esposa durante cuarenta y cinco años, la mujer que copió a máquina, letra a letra, las mejores obras del autor, aquellas que justificaron la concesión del Premio Nobel en 1989. Ha tenido que recordárnoslo Jorge Cela Trulock, hermano del autor de La familia de Pascual Duarte y de La Colmena. Recordarnos a la esposa (y también a la «secretaria a tiempo total») que «recogía con el capote la embestida terrible de aquella fuerza y le asentaba los pies en el suelo». Junto a ella crecieron la obra y el personaje. No entro en otras consideraciones de Jorge Cela (legítimas en él) sobre la desigual calidad literaria del escritor posterior a la separación o la existencia de un telón de acero inexpugnable en torno a una jaula de oro. Son cosas de las que no sé. Pero me parece de justicia poner en letras de molde el nombre de Rosario Conde Picabea para que el puzzle no quede incompleto. Nada se niega a nadie con hacerlo así. Y en cambio se restituye a su lugar a quien también dedicó su vida a la misma causa literaria.