MANUEL ALCÁNTARA
24 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.El presidente norteamericano está dispuesto a tirar la Casa Blanca por la ventana. Con la finalidad de asegurar la victoria en la guerra contra el terrorismo, en la que todos podemos ser víctimas colaterales, ha anunciado que propondrá un aumento de más de 48.000 millones de dólares en gastos de defensa, que naturalmente se destinarán a atacar. Es el mayor incremento en los últimos veinte años, desde el rearme en tiempos de Reagan. La mayor parte del dinero se destinará al desarrollo y a la compra de sistemas de alta tecnología, como armas guiadas y vehículos no tripulados a los que el valor se les supone. También habrá un notable aumento de sueldo para los miembros de las Fuerzas Armadas, aunque combatan lejos de los frentes de combate. La guerra para quienes la trabajan. Ahora las guerras se ganan en los laboratorios. El arte de matar a distancia ha determinado la decadencia del heroísmo, que se valoraba mucho en la época de los asaltos a bayoneta calada. En la actualidad, lo que pretende todo ejército cualificado es que en el bando contrario haya muchos héroes, para que den su vida por su patria. Eso de «la paz perpetua» fue sólo un sueño kantiano. La nación más poderosa del mundo, o sea, la mejor armada, quiere aumentar sus arsenales y destinará para el año fiscal 2003 unos 379.000 millones de dólares al presupuesto militar. No es una noticia alentadora. La experiencia demuestra que todo el que tiene un arma acaba usándola, desde la honda al misil. Una vez más se comprueba que mientras el progreso técnico es imparable, el progreso moral se paró hace mucho tiempo. Ambas cosas hacen que la humanidad no sepa a dónde irá a parar. Es candoroso preguntarse cuántos hospitales, cuántas escuelas, cuántos centros de investigación podrían construirse sólo con ese aumento del 14 por ciento del presupuesto militar norteamericano.