COMO LA PESETA

La Voz

OPINIÓN

LOLA BECCARÍA

21 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

He comenzado el año como la peseta, esto es, mortalmente herida y en fase terminal. No tengo ganas ni de escribir siquiera. Miro por la ventana y no encuentro sentido a la existencia, entre otras cosas porque mi estado emocional es el triste panorama de un desguace. Observo a los demás y me maravilla que se muevan de un lado a otro, que sepan a dónde van, que muestren alegría y esperanza. Es una buena lección para el exceso de ego darse cuenta de que uno es una mota casi invisible en todo este montaje del universo. Como la peseta. Después de tantos años de convivir con ella, ahora la dejamos marchar sin una lágrima. Algunos incluso están contentos de su desaparición. Son los amigos del cambio, los que viven orientados al futuro, los modernos. Ya no llevan una sola peseta en el bolsillo. Todo en euros, y a otra cosa mariposa. Otros, sin embargo, lo viven con un cabreo máximo. Se les despierta una mala leche de cuidado. El paso de una moneda a otra es incómodo, te obliga a cambiar el chip. Y es verdad que a unos cuantos nos resulta difícil reciclarnos. Nos aferramos al entorno conocido, nuestros límites de siempre, los puntos de referencia de costumbre, y este paisaje nos impide ver el bosque de las ventajas del cambio. Supongo que es un reflejo de la condición humana. Este vivir entre dos aguas, o entre dos fuerzas de igual intensidad. La necesidad de renovarse y la necesidad de perdurar. Mirar hacia el horizonte y avanzar en busca de nuevas costas, mientras la hermosa y mágica tierra en que crecimos queda atrás. Si no saliéramos de aventura, si no buscáramos fronteras diferentes, acabaríamos marchitándonos, aniquilados por la rutina, petrificados en el interior de una foto amarillenta, vieja y desgastada. Es connatural al hombre esa imparable búsqueda de lo nuevo, y gracias a ella no seguimos encendiendo el fuego a base de frotar dos palitos. Pero lo cierto es que no hay nada más conmovedor y bello -y al mismo tiempo melancólico o un poco triste- que una fotografía antigua. Es la prueba de que tenemos pasado, y de que hemos creado lazos, con las personas, con los objetos, con los hechos, con la historia, con el planeta. A pesar de que yo ahora mismo me siento como la peseta. No puedo evitarlo. La peseta que se muere y el euro que nace. El amor que ha muerto y el amor que sin duda ha de venir. Alguien a quien hemos amado y alguien a quien esperamos amar. Sin embargo el amor no es una ciencia como la economía. El amor es extraño, díscolo, a veces un espejismo. Aunque mientras lo vivimos como una realidad sea una experiencia fascinante y prodigiosa. La peseta se extingue y hay que pasarse al euro. Volver a empezar, qué complicado. Se admiten recetas: lolabecc@hotmail.com.