XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
18 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Mi primer contacto con Camilo José Cela fue en el verano de 1966, cuando leí, por primera vez, Viaje a la Alcarria. Nos lo había aconsejado don Manuel García, que era profesor de literatura, ejemplar y magnífico, en el Seminario Menor de Santiago. Era una edición de Austral, que me había costado 75 pesetas (0,45 euros) en la Librería González, y pasé todas sus hojas muy despacio, con una curiosidad juvenil y científica, como si el pobre autor estuviese pendiente de mi juicio final. El veredicto -se lo dije más tarde- le fue muy favorable y muy duradero, ya que le tuve por uno de mis escritores preferidos hasta el día de su muerte. Más tarde, en 1983, le conocí personalmente. Y, aunque nunca me tuve por su amigo, llegué a disfrutar de una fluida relación que tanto se alimentaba de mi admiración por el escritor como del exquisito respeto institucional que él le mostraba al vicepresidente de la Xunta. Por entonces gocé mucho de su manera de decir y de pensar, sin perjuicio de las muchas discrepancias de forma y de fondo que había entre nosotros, hasta que la inesperada deriva que inició después del Premio Nobel me hizo perder el interés por su compañía. Se hizo más público, aparecía siempre rodeado de una corte de aduladores, y se sentía cada vez más a gusto en los salones sociales. Y aquel tremendismo verbal que surgía de una naturaleza inteligente y abierta empezó a sonarme a pose administrada con planificación meticulosa. Y, sin que nada pasase entre nosotros, empecé a no coincidir con él. Por eso hacía varios años que no le veía, y por eso renuncié a interrumpir su conversación, para saludarle, la última vez que le vi, en el hall de un hotel madrileño, en compañía de Marina. Pero le seguí leyendo. Y tanto le admiraba, que nunca tuve dificultad para separar al hombre del escritor, y para alejarme discretamente de aquél mientras me acercaba a éste. Lo que digo, ya lo sé, no es importante. Y ni siquiera es comparable a lo que dijeron las ediciones de ayer mientras el escritor bajaba a su tumba. Pero tengo la esperanza de que mi contradictoria visión del hombre muerto sirva de homenaje al escritor que acaba de regresar a su tierra y al paraíso de los anaqueles. El locutor del telediario lo contó de otra manera. Dijo que Cela iba a ser enterrado en la Galicia profunda. Y lo dijo mientras pasaban imágenes de la soberbia colegiata de Santa María de Adina, de las señoriales casas que albergan la Fundación Cela, de la fértil y luminosa vega del Sar, del casco antiguo de Padrón, y del centenario olivo que cubre la tumba de un gallego, premio Nobel. ¿Qué significado tendrá en Madrid la Galicia profunda? Camilo José Cela ya lo sabe. ¡Descanse en paz!