ARCÁNGELES DE LA REVOLUCIÓN

La Voz

OPINIÓN

RAMÓN CHAODES

15 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Decía Bartolomé Carranza que no se produce un relámpago porque dos rayos se encuentren, sino que dos rayos se encuentran para que se produzca el relámpago. Sucede en toda clase de relaciones: en el amor y en la moral. Muchas veces nos preguntamos: ¿Por qué ciertos rebeldes cuya ansia de pureza quedó frustrada, han sido alzados al altar de la Revolución, y otros, no menos combativos y abnegados, se hundieron en la sombra del olvido? Dicho con un ejemplo: ¿Quién nos explicará que Che Guevara, quien no logró realizar ninguno de sus ideales, se haya convertido en la figura paradigmática de la oposición al capitalismo mientras que nadie recuerda a Raúl Díaz Argüelles, igual de puro, de valiente y de arrojado que el Che, compañero en casi todas sus empresas, africanas y latinoamericanas? Surge esta incógnita tras la lectura de Arcángeles, último libro de Paco Ignacio Taibo II. Ahí vemos que el santoral de la revolución está incompleto y es a menudo injusto. Estos doce revolucionarios que resucita el escritor asturmexicano llevaron una vida enloquecida, siempre desventurada, y movidos por un deseo místico de cambiar el mundo no vacilaron ante la violencia. Taibo descubrió en los meandros de la historia las gestas de estos anarquistas y sindicalistas desconocidos, a veces amantes orgullosos para los que la revolución no excluía el romanticismo. En realidad, lo que hace Taibo es el elogio del fracaso. Fracaso de Sebastián San Vicente, llamado El angel exterminador negro. En su País Vasco natal luchó a mano armada contra sus patronos; luego, exiliado en 1921 en México, fundó la CGT de aquel país para volver a España en 1938 y morir cerca de Bilbao combatiendo en un batallón de la CNT contra los franquistas. Fracaso de la marxista bolchevique Larissa Reiner, oriunda de una familia burguesa polaca. Editora de una revista literaria y poeta, se inscribe en el Ejército Rojo «al lado de hombres que vencen el miedo gracias a que piensan que están construyendo algo que sobrepasa la imaginación». ¿Y qué decir de Max Hölz, comunista y Robín de los Bosques alemanes? Los capitalistas ofrecieron un alto rescate para quien lo entregara «vivo o muerto» como un Bin Laden cualquiera: se disfrazó de mujer, se cambió el aspecto y se convirtió «en un fantasma para miles de ojos afectados de ceguera», como puede que pase con el otro. Vemos al viejo Librado Rivera, un anarquista mexicano que regresa a su patria después de haber pasado diez años en una cárcel norteamericana: lo primero que hace es editar un periódico subversivo, con una tirada de 5.000 ejemplares. Detenido, soporta la tortura hasta el final. Y también descubrimos al chino P''eng P''ai, «quien inventó el maoísmo y la revolución proletaria procedente de la montaña». Descendiente de un familia acomodada y traidor a su clase, dos veces será expulsado de la Historia: primero de la historia tradicional de su casta, y luego de la revolución agraria de China, que contra toda justicia sería atribuida al Gran Timonero. En fin, he aquí la agitada vida de Buenaventura Durruti, el anarquista español, quien expulsado de España, realiza atracos rocambolescos en América Latina, levanta a Barcelona contra las tropas de Franco y muere de forma misteriosa en el frente de Madrid, tal vez asesinado por sus propios seguidores a los que quería arrastrar a un combate suicida contra el enemigo fascista ya victorioso. Si bien estos relatos dejan un sinsabor de fracaso, el talento del escritor entusiasma. Con una escritura simple, directa, Taibo se adapta con naturalidad al ritmo de los encuentros, de las descripciones. Posee un carisma; se da en él un misterio que explica el enigma del que hablábamos al principio y que también relampaguea en las relaciones humanas.