ALFONSO DE LA VEGA
14 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.En octubre de 1756 el padre Sarmiento escribió un pequeño texto de reivindicación de la condición gallega en que explicaba el origen de la chanza sobre el supuesto perdón a Meco y sus diversos sentidos. En uno de ellos Meco es Mahoma y sus fieles, que iban de la Zeca (Córdoba) a la Meca. En otro, que es el que ahora glosamos, tiene que ver con el supuesto consentimiento a las relaciones íntimas y extramatrimoniales de las feligresas gallegas con su párroco. El tal Meco «consiguió ser Cura de San Martin del Grove, ...que habiendo allí manifestado las habilidades que llevó a Galicia, se desenfrenó tanto su carnal apetito, que vició a muchas mugeres, ya por sugestión ya por violencia». Más allá de las anécdotas históricas o literarias, la categoría se encuentra en el problema personal y social que plantea el celibato eclesiástico obligatorio. Cuestión que trasciende el ámbito de la mera organización interna de la institución, (que por otra parte se nutre de cuantiosos fondos públicos), por sus evidentes consecuencias sociales. El tema de la vida amorosa del clero no es fácil de definir con precisión por motivos obvios. El estudio español más conocido es el del conocido periodista, y asesor especialista en sectas, Pepe Rodríguez, titulado: La vida sexual del clero (Ediciones B, SA 2001), prologado por Enrique Miret Magdalena y Victoria Camps, entre otros. El panorama que presenta es descorazonador y constituye un alegato terrible contra la imposición del celibato que se fundamentaría, según el autor mencionado, más en las necesidades económicas de la Iglesia, como la mayor baratura relativa del miembro célibe frente al que tiene que mantener a una familia o la protección de su patrimonio frente a las demandas de herencia de los hijos legítimos de los eclesiásticos, que en ninguna supuesta virtud o disposición bíblica. El primer decreto legal fue en el siglo IV, aunque la institución de la concubina, manceba o barragana, pervivió con carácter generalizado al menos hasta el siglo XVI. Toda persona bienintencionada, que por tanto desee la felicidad de sus semejantes, debe ver con gran preocupación que determinadas instituciones, so pretexto de ley divina, repriman impulsos básicos de la condición humana como el de la sexualidad, que, impedida de manifestarse dentro de una unión amorosa natural entre un hombre y una mujer, puede derivar hacia la solicitación en confesionario, el adulterio, el estupro, la pederastia, etcétera. De acuerdo con los datos del estudio mencionado, se estima que un 95% de los sacerdotes en activo se masturba, un 60% mantiene relaciones sexuales, un 20% realiza prácticas homosexuales y un 7% cometería abusos sexuales graves con menores. El cura disoluto de la historia contada por el padre Sarmiento terminó ahorcado. Parece mucho mejor que se reformen las instituciones para permitir en la medida de lo posible que no haya tantas víctimas ni verdugos.