EL SANTO BEBEDOR

La Voz

OPINIÓN

CÉSAR ANTONIO MOLINA

11 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Paso los últimos minutos del 2001 en París sobre el Pont des Arts. La noche es gélida y la débil armadura del puente, hecho a base de tablones de madera apoyados sobre estructuras de hierro, deja subir desde lo más profundo del río una humedad que derrite los tuétanos. De retirada hacia el Quai Malaquais veo unas grandes barcazas ancladas. Junto a sus norais están un grupo de clochards celebrando la entrada del nuevo año. En todos ellos creo adivinar rasgos de Andreas Kartak. Si yo fuera más valiente y generoso bajaría por las escaleras, elegiría de entre ellos al más familiar y le ofrecería mis últimos doscientos francos. No le exigiría la promesa de devolvérselos a Santa Teresa de Lisieux en la iglesia de Sainte Marie des Batignoles, ni la de beberlos a la salud de un abstemio como yo; sino de celebrarlos en honor de uno de los más grandes santos ebrios: Joseph Roth. Al día siguiente emprendo como penitencia el mismo deambular que Andreas, sólo que esta vez salgo en busca de las últimas huellas de su creador. Para Roth, moverse, estar en cualquier parte, era preferible a permanecer quieto. Huyó de la familia, dejó Viena, tampoco le gustó Berlín y en París también estuvo en tránsito. En la capital gala habitó en el Hotel Foyot en la Rue Tournon hasta que, a finales del año 1937, lo desalojaron para demolerlo. Impedía la fluidez del tráfico de la Rue de Vaugirard y la seguridad del vecino Senado. Roth protestó. Pidió que se declarara monumento histórico. En este establecimiento, a finales del siglo XVIII, había estado alojado José II de Austria y durante años el gran poeta Rainer María Rilke mientras fue secretario de Rodin, además de él mismo. La misiva quedó sin respuesta. Desde el hotel de enfrente, a donde se trasladó, presenció el derribo narrado en un artículo magistral. Roth, aunque fue un gran novelista, muchas de sus mejores páginas están en estos textos de prensa. El Hotel de la Poste tenía en su bajo al Bar Tournon. Ambos pertenecían al mismo dueño. Este local se convirtió en su oficina. En el bar del hotel escuchó la historia y redactó el primer borrador de La leyenda del Santo Bebedor. Como Pessoa, Roth guardaba sus manuscritos con el mismo desdén en un baúl de madera blanca, rústica. Ambos bebían sin parar. El alcohol les calmaba la angustia y era un aliciente y tonificante para escribir. Sobrio se sentía peor. El hotel era familiar. La habitación del escritor estaba en una de las minúsculas e insalubres buhardillas. Era un cuartucho miserable, sin baño ni agua corriente, aunque a Roth esto último no le importaba mucho pues tenía hidrofobia. El escritor, originario de la otra Galitzia austrohúngara luego polaca, soviética y hoy ucraniana, un día se derrumbó, como Andreas, sobre la mesa del Bar Tournon. Trasladado al hospital Necker, falleció en medio de un delirium tremens. Como él mismo había escrito, «uno no se cura en los hospitales extranjeros». Fue en 1939 y acababa de cumplir cuarenta y cinco años. Así evitó el pasar por algún campo de concentración. Su entierro en el lejano cementerio de Thiais, al suroeste, entonces en las afueras de París, se convirtió en una disputa entre sus amigos judíos, católicos, monárquicos y comunistas. Como Kleist, era consciente de que no había nada en el mundo que pudiera servirle de ayuda. Los amigos del novelista que se salvaron de la masacre de la segunda guerra mundial, recién acabado el conflicto, regresaron a París y visitaron aquel santuario. Llego a la Rue Tournon seis décadas después del óbito y todo parece estar tal cual lo vivió Roth. (Continuará).