YASHMINA SHAWKI CUARTO CRECIENTE
10 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.Tras la finalización de la Segunda Guerra Mundial y la consolidación de la división ideológica y política en dos bloques antagónicos, EE UU vivió una de sus épocas más oscuras en cuanto al respeto a la libertad de pensamiento con el fenómeno de La Caza de Brujas. Cualquier sospechoso de ser demasiado liberal o de tener cierta inclinación hacia la izquierda podía ser investigado, detenido y juzgado por una comisión especial. El miedo al comunista infiltrado conllevó la persecución indiscriminada de artistas, políticos y otras voces discrepantes. Y aunque no disculpa la injusticia, esta caza no fue un fenómeno exclusivo de Norteamérica, también al otro lado del Telón de Acero, en los países del bloque del Este, se persiguió a los disidentes. Este recuerdo histórico viene a colación de las noticias que nos han llegado sobre la decisión de deportar a más de 6.000 jóvenes de origen árabe, sin permiso de residencia, provenientes de países donde se supone que Al Qaida tiene implantación, sin determinar cuáles son. Esta decisión que, en teoría, supone la aplicación estricta de la Ley de Inmigración, lleva en su fondo el grito sordo de la población norteamericana que pide que se evite la comisión de más atentados y se controle más a los potenciales criminales. Los estadounidenses están en su derecho, pero deben de evitar que tal control degenere en una persecución sin sentido a la que son tan proclives en tiempos de crisis. Y es que la sinrazón y el fanatismo no son fenómenos que sólo afecten a los musulmanes radicales, también contaminan a los norteamericanos bajo el manto de la devoción patriota y la seguridad nacional. Los sobrinos del Tío Sam no se caracterizan por su tolerancia al diferente en tiempos difíciles. Con el miedo a los atentados terroristas, cuyos autores han sido más o menos identificados, la reacción más emocional empuja a sospechar del vecino, del compañero de trabajo, del médico de cabecera que se llama Mohamed, Said o Suha, olvidando que esa persona lleva viviendo en ese país el mismo tiempo que uno y, por tanto, ha contribuido y contribuye a su crecimiento. Es fácil olvidar que el afroamericano de la tienda de la esquina es descendiente de los esclavos africanos que fueron sustraidos violentamente de sus tierras; sin embargo, recordamos siempre al japonés que nos ha superado en una prueba de aptitud o al mexicano que tiene un restaurante con más clientela que el nuestro. Esta memoria selectiva que acaba degenerando en xenofobia y que deriva en furia persecutoria es lo que debiera de darnos miedo, más incluso que la posibilidad de un atentado terrorista.