VIOLENCIA Y BELLEZA

La Voz

OPINIÓN

BLANCA RIESTRA

08 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Hay una tradición literaria inmemorial que canta la belleza de la guerra -cuenta Bernard Henri Levy-: Troya, las Galias, el Cid, Marinetti, Wagner. Cocteau encontraba la guerra «bonita». Drieu de La Rochelle y hasta Proust adoraban el resplandor apocalíptico de París bajo las bombas del 14. Breton nunca le perdonó a Apollinaire su «Oh Dios, qué hermosa es la guerra». Ni Gide le perdonó a Cocteau su fascinación por la guerra homosexual, ese cuerpo a cuerpo, ese temblor de dos rostros que se encuentran y van hacia la muerte como en un estremecimiento de los sentidos embriagados. Imagino que a eso se refería el mulá Omar cuando, tuerto y con manos grandes, invitaba a los americanos a pelear como hombres. Tras las arengas de los muyahidines, tras la oración iluminada del suicida (que lleva dinamita sobre la piel del pecho) sobrevive el lirismo agridulce del Corán, la nostalgia épica de la islamización. El guerrero Saladín combate hasta que las patas de su caballo queden cubiertas por la sangre. También nuestro Apóstol mataba moros a golpe tembloroso de muñeca y se enjugaba exhausto la sangre enemiga derramada. El surrealismo, a pesar de Contre-Attaque, siempre coqueteó con la idea de la violencia, noción que reúne en sí toda el absurdo de que el género humano parece capaz. La guerra es un banquete de pasión y miedo. Es la belleza irremediable y peligrosa del abismo. (Ya lo decía el conde Tolstoi, la vida sin peligro no es vida, es como sopa sin sal, como alma sin pecado, como noche sin luna, como delicia sin espanto). Pero, ya ni siquiera la guerra es lo que era, la belleza del combate cuerpo a cuerpo, esa prueba de firmeza y coraje, esa ordalía en que lo más importante es el abrazo de dos cuerpo cálidos, ha sucumbido en manos de un horror total. Matamos apretando botones, fumigamos montañas, eliminamos países, bombardeamos para matar a un solo hombre. Los soldados ya no ven el rostro del contrario, enfrascados en artefactos futuristas, sobrevuelan de lejos aldeas que son puntitos y cuando descienden lo único que encuentran son cientos de cadáveres de niños, como cáscaras de nuez, como restos de un naufragio. Así es más fácil. Dicen los expertos que el hombre posee un regulador de violencia en la cabeza y que los asesinos son gente con la vejiga de la violencia alterada. Dicen también que el hombre que mata a cara descubierta queda de por vida marcado a hierro y fuego. Parece ser que los cuerpos de las víctimas -sus ojos, sus brazos pero también sus nucas- persiguen a sus verdugos para siempre, horadan de gritos sus sueños y vigilias. Los alemanes -tan precisos- idearon un sistema para hacer que los propios judíos condujesen a sus propios compañeros a las duchas. Así nosotros matamos todos los días desde casa, sin quitarnos las zapatillas, cambiando de canal televisivo navideño, votando a gobiernos que auspician y toleran bombardeos, esclavitud, masacres.