XERARDO ESTÉVEZ
30 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Ayer evocaba dos imágenes estremecedoras del atentado de Manhattan, pero hay una tercera aún más patética. Cuando mirábamos a la gente incomunicada en las plantas superiores de las torres, nos sentíamos dramáticamente impotentes para echarles una mano en su espantosa situación. Los veíamos, pero no podíamos conectarnos con ellos, a pesar de que el World Trade Center era un edificio tecnológicamente avanzado. Los norteamericanos, quizá más que cualquier otro pueblo del mundo, están obsesionados por la seguridad. Con sus dirigentes afanados en garantizar con un escudo anti-misiles la seguridad del espacio aéreo, y sus poderes locales empeñados en la seguridad de los espacios públicos cualificados, hemos asistido estupefactos a unos acontecimientos que ponen en evidencia sus carencias: un desastre provocado por un acto de inmolación fanática que emerge desde la oscuridad medieval expresándose con lenguaje postmoderno. Recuerdo el orgullo del alcalde Giuliani exponiendo ante un grupo de homólogos españoles y americanos los logros de su campaña de limpieza ciudadana; aquel hombre ufano y lleno de seguridad era el mismo que, transfigurado y ya sin atisbo de jactancia, se enfrentaba al grandioso caos de la zona cero. La seguridad fracasó no sólo en las torres que con su altura y esbeltez expresaban el poderío económico norteamericano, sino incluso en el edificio inexpugnable, plano y pentagonal, emblema por antonomasia de la seguridad mundial. Porque la seguridad, para ser efectiva, tiene que ser un asunto colectivo, un estado de opinión que nos haga sentir implicados. Si el terror está globalizado la seguridad también debe estarlo. Imbricación de las acciones Si no se consigue encauzar la reflexión sobre la ciudad a través de análisis económicos y urbanísticos, ni de premisas estéticas o sociológicas, estoy convencido de que desde el debate sobre la globalización de la seguridad algo nuevo puede surgir. No se trata solamente de estudiar nuevas medidas de seguridad y sistemas de evacuación para los edificios en altura, de determinar la densidad de rascacielos en una zona o su localización preferente en las distintas partes de la ciudad. También se trata de los problemas inherentes al modelo de crecimiento disperso y aislado. Son muchos los que optan por encerrarse en cotos a medida para formar una sociedad sin riesgo, el ideal de las gated communities, urbanizaciones cercadas que después de constituirse en paraísos artificiales ya están demandando la segregación fiscal, pues el alto precio de la defensa contra las amenazas externas les hace desentenderse de contribuir al bienestar colectivo. Pero incluso ese modelo tiene sus puntos débiles. El dilema fundamental no va a ser tanto la definición de un modelo para la ciudad, si debe crecer en altura o en extensión; en ambos casos hay ejemplos de buen funcionamiento y de belleza. Es necesario entender, por interés general y por el propio interés de los que construyen la ciudad, que un papel esencial de los poderes públicos, quizá el más importante, es garantizar que cada intervención tenga que ver con lo de al lado, que todo esté relacionado, tejido con las infraestructuras viarias, con los espacios públicos y con las nuevas rótulas tecnológicas al servicio de todos. No hay otra solución que hacer de las partes que la componen, en lugar de la yuxtaposición de piezas autistas, un sistema de vasos comunicantes donde todo lo que se haga esté en conexión con lo que existe y con lo que haya de hacerse en el futuro, porque, pese a los avances de la tecnología, ninguno de nosotros llegará a ser autosuficiente. Creo que a partir del 11 de septiembre se va a avanzar hacia una mayor relación entre lo público y lo privado en los temas urbanos. Viene aquí a cuento una cita de Platón: «A mi entender, la ciudad toma su origen de la impotencia de cada uno de nosotros para bastarse a sí mismo y de la necesidad que siente de muchas cosas. ¿O piensas que es otra la razón por la que se establecieron las ciudades?» (República).