ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LA ENTRADA DEL EURO

La Voz

OPINIÓN

29 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

El euro se convertirá en nuestra moneda física el próximo día 1, desplazando a la peseta que, no obstante, continuará vigente a efectos de canje durante dos meses más. A pocos días de que podamos pagar ya con las nuevas monedas y billetes, hemos de recordar no obstante que en realidad el euro está vigente desde el 1 de enero de 1999, cuando once países de la Unión Europea, a los que se uniría Grecia dos años más tarde, decidieron iniciar el camino de la Unión Monetaria. A partir de esa fecha, el euro es unidad de cuenta de nuestro sistema monetario, y de hecho tuvimos desde entonces la posibilidad de denominar en la moneda europea las operaciones financieras y mercantiles.
El euro es una moneda supranacional, de curso legal no sólo en los doce países que lo adoptaron, sino también en Mónaco, San Marino y el Vaticano, en virtud de los acuerdos monetarios establecidos con éstos, e, incluso, será una moneda de hecho en Andorra. Y todo ello sin olvidar, aunque sólo sea a título anecdótico, que la moneda europea será también de curso legal en algunos territorios franceses alejados de nuestro continente, situados en el Caribe, Índico, América del Sur o al lado de Terranova. Cabe finalmente señalar que también va a influir en las monedas de otros países que en su día fueron colonias europeas y con los que se han establecido acuerdos cambiarios.
Esta supranacionalidad de nuestra nueva moneda se ve reforzada por la constitución del Banco Central Europeo, institución supranacional por definición, encargada de vigilar su valor interno, es decir, de fijar los tipos de interés que condicionan el papel del euro como depósito de valor, y también de controlar su valor externo, en términos de cotización frente a otras monedas.
En consecuencia, el euro es una moneda mucho más líquida que la peseta, que apenas jugaba ningún papel relevante en los mercados de divisas ni en los mercados financieros internacionales. Incluso el euro se ha convertido en la segunda moneda mundial, tras el dólar estadounidense, y supera a éste en algunos segmentos de la actividad financiera, como pueden ser las emisiones de bonos internacionales. El euro es también una moneda más estable, que elimina riesgos de cambio y costes de transacción en los cobros y pagos exteriores entre las monedas que sustituye, como puede percibir cualquier turista que viaje a otro país europeo o cualquiera de nuestros exportadores e importadores.
Tipos de interés más bajos
Quizá sea este el punto donde más se ha percibido el beneficio de la entrada del euro, una moneda con tipos de interés más bajos, fruto de ese control de precios. No hay más que recordar que, en nuestro país, a principios de los años 90, la inflación y los tipos de interés alcanzaban cifras de dos dígitos, con el consiguiente impacto negativo en los agentes económicos que requerían financiación para desarrollar sus actividades.
La rebaja de los tipos de interés ayudó a reducir el déficit de las administraciones públicas, lo que a su vez ha redundado de forma positiva en nuevas bajadas de tipos, favorecidos por la disciplina presupuestaria y las políticas tendentes a alcanzar el equilibrio de las cuentas públicas.
Además, las empresas vieron cómo se reducían sus costes financieros, pero sobre todo cómo bajaba el umbral de rentabilidad de sus negocios, estimulando así nuevas inversiones y generando empleo; en definitiva, produciendo crecimiento económico.
Por su parte, los particulares comprobaban cómo mermaba la parte de sus rentas que debían dedicar a la financiación de sus viviendas y bienes adquiridos a través de créditos, lo que revertía tanto en un mayor consumo como en nuevas posibilidades de ahorro.
Por último, suele pensarse que las entidades financieras se han visto perjudicadas por la introducción del euro en la medida en que tienden a ganar menos cuanto más bajos sean los tipos de interés, pero esto no siempre es así, y de hecho no lo ha sido hasta el reciente cambio de signo de la coyuntura internacional.
En efecto, una mayor estabilidad proporciona un mayor volumen de negocio por el mero crecimiento económico, pero también aumenta su seguridad, bien por la reducción de la morosidad o bien porque se aminoran los riesgos tradicionales de la actividad bancaria, como el riesgo de cambio o el riesgo de mercado.
Una moneda más fuerte
En un momento como el actual, con una economía en clara recesión acentuada además tras los atentados terroristas del 11 de septiembre, nuestro país se ha visto aislado de los efectos depresivos que habría sufrido una moneda tan poco líquida y estable a medio y largo plazo como ha sido la peseta, tal y como se comprobó, por última vez en su historia, en las cuatro devaluaciones que sufrió tras la crisis del sistema monetario europeo, entre septiembre del 92 y el año 1995. No debemos olvidar que una moneda débil es una moneda que los inversores internacionales rehúyen salvo que reciban una prima de riesgo en forma de mayores tipos de interés. En España esta prima se llegó a situar en varios puntos por encima de nuestra moneda de referencia: el marco alemán. Recientemente, y con ocasión de la equiparación crediticia otorgada al Reino de España por una importante agencia de calificación de ámbito mundial, este diferencial se ha visto reducido a menos del 0'2%, lo que constituye todo un récord histórico.
Esta transformación sería impensable con una posición española de aislamiento desde el punto de vista monetario. Ha sido el euro, al vincularnos a un proyecto común con países europeos de monedas más fuertes y estables que la nuestra, el que ha favorecido que se produjesen tales cambios y ello sin tener que sufrir la peseta los sobresaltos de pasadas devaluaciones.
Esta mayor fortaleza del euro respecto de la peseta no quiere decir que la moneda europea sea en sí tan fuerte como cualquiera otra. De hecho, frente al dólar estadounidense ha venido sufriendo una tendencia bajista desde enero de 1999. No vamos a entrar en las causas de que esto haya sido así, por cuanto nuestro hilo argumental se refiere a su relación con la peseta, pero podemos suponer que, a la luz de la dilatada experiencia de nuestra peseta desde su nacimiento en 1868, la debilidad de nuestra moneda hubiera sido aún mayor, lo que se hubiera traducido asimismo en una mayor inestabilidad económica y financiera en nuestro país.
La introducción del euro, además, fomenta la competencia entre los distintos países del mercado único europeo y, especialmente, entre los que están dentro de su área, al expresar los precios de los distintos bienes y servicios en la misma moneda, lo que dificulta la justificación de unas diferencias excesivas entre ellos.
Si, además, tenemos en cuenta que no tendremos riesgo de cambio y que los sistemas de pagos dentro de la eurozona tienden a ser prácticamente similares a los actuales sistemas de pagos nacionales, con coste reducido y una eficiencia muy elevada, el volumen de transacciones económicas y financieras dentro del área se incrementará de forma llamativa en la búsqueda de las mejores condiciones y oportunidades, estén donde estén.
Esta circunstancia, si afecta a los mercados reales, lo hará especialmente en los mercados financieros, puesto que el dinero es un elemento de gran movilidad que no entiende de fronteras. Este fenómeno deberá unificar, como ya estamos viendo, todos los mercados españoles de valores en un único holding.
Más allá del euro
Sin embargo, la próxima implantación del euro no nos debe hacer olvidar que el proceso de integración europea no concluirá en ese momento, ni siquiera en términos económicos. En efecto, el euro es una parte del proceso de Unión Económica y Monetaria, así denominado en el Tratado de la Unión Europea. Conseguida la Unión Monetaria, aún queda mucho por hacer en la Económica, puesto que existen políticas que son competencia de los distintos estados, como la fiscal, la presupuestaria, de desarrollo regional, etcétera, a pesar de los mecanismos de coordinación y cooperación entre todos ellos.
Está por ver si el advenimiento de la Unión Monetaria no exigirá de hecho la emergencia de lo que se podía llamar un gobierno económico europeo, que dé coherencia a las distintas políticas en el ámbito europeo. Algo parecido sucede con la Unión Política, sobre la que también descansa el Tratado de la Unión Europea, y de la que nada podemos decir, salvo esperar a que concluya sus trabajos la Convención sobre el futuro de Europa que acaba de poner en marcha el Consejo Europeo recientemente celebrado en Laeken (Bélgica), lo que está previsto que suceda en los primeros meses de 2003. Dicha Convención es la que debe preparar una profunda reforma de muchos aspectos de la Unión Europea que, en paralelo, puede verse engrandecida con la incorporación de un conjunto de diez países candidatos a la misma.
No cabe duda de que, cuando menos, disponer de los mismos billetes y monedas en todo el área euro aumentará el sentimiento de pertenencia a la Europa unida, y parece razonable esperar que se incrementen las demandas hacia nuevos aspectos de la integración actualmente poco desarrollados.
El euro y Galicia
Los mismos argumentos son válidos para considerar el euro un instrumento beneficioso para Galicia, al facilitar todo tipo de relaciones mutuas con otras regiones europeas.
No en vano hemos sido una región tradicionalmente abierta al exterior, aunque en buena medida de forma unidireccional mediante la emigración, pero actualmente esta apertura tiene otras dimensiones y presenta otras oportunidades, como son el turismo, la integración económica y financiera con otras regiones, etcétera, todas ellas facilitadas por el euro. A fin de cuentas, como gallegos, como españoles y como europeos, el euro es también nuestra moneda. En algunas de ellas figura el relieve de nuestra Catedral de Santiago, símbolo regional y nacional, pero también europeo desde los tiempos en que el Camino de Santiago recogía ciudadanos y culturas de toda Europa.