ROBERTO L. BLANCO VALDÉS
29 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Hay años que se inician mucho más tarde de ese primero de enero en que por mandato inexorable del cansino calendario todos tienen que empezar. El año 1936, por ejemplo, que sólo se inauguró en España cuando el 18 de julio unos militares desleales y facciosos abrieron una catástrofe histórica de inconmensurables dimensiones. O el 1789, que echó a andar en Francia el glorioso 14 de julio en que las turbas de París tomaron la Bastilla. O, en fin, el 1917, que retrasó su principio en la Rusia zarista hasta que el 24-25 de octubre tuvo lugar el estallido de la revolución en Petrogrado. ¿Cuándo se inició el año 2001? Todos ustedes coincidirán conmigo en la respuesta: el 11 de septiembre. Sí señor: de norte a sur y de este a oeste, el año 2001 se alojará en la memoria de los hombres y mujeres de este tiempo como en estado de latencia hasta que el 11 de septiembre las Torres Gemelas neoyorquinas se desplomaron en directo ante la atónita mirada de millones de personas que pudieron contemplar desde la sala de estar de sus viviendas un acto criminal que, definitivamente, demostraba que todo era posible. Nuestros vívidos recuerdos desde entonces son la mejor prueba de la naturaleza auténticamente iniciática de unos días que, como aquellos del célebre reportaje de John Reed, vinieron a conmover al mundo entero. Seguro que cuando Stanley Kubrick firmó su film maravilloso 2001: una odisea en el espacio, anticipador en tantos sentidos diferentes, no pudo llegar a imaginar que en ese año iba, en efecto, a comenzar una odisea de incierto futuro y desarrollo. Decía Carlos Marx que la violencia era la auténtica partera de la historia: aunque es muy probable que esa reflexión del hoy casi innombrable filósofo de Tréveris resulte difícil de entender sin tener en cuenta el protagonismo social de la violencia en la época que le tocó vivir al propio Marx, no es menos cierto que el mundo se ha ido civilizando, poco a poco, también entre golpe y golpe de violencia. De hecho, la más sobrecogedora de la historia, la acontecida en Europa y el Pacífico durante los años terribles de la Segunda Guerra Mundial, acabará por impulsar los valores de la convivencia democrática y la paz hasta colocarlos en un lugar que nunca antes habían ocupado en el planeta. Por eso, siendo optimistas -con aquel optimismo de la voluntad que el líder comunista italiano Antonio Gramsci oponía al pesimismo de la inteligencia- cabe esperar que la odisea a la que nos han lanzado los atentados del 11 de septiembre pueda terminar por conducirnos de vuelta a una casa más segura. Y más justa. Pues sólo si es más justa para todos vendrá a ser a la postre más segura: para todos.