YASHMINA SHAWKI
27 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Se llama Sham, es kurda, tiene 45 años y vive en Suleimanya, capital de una de las tres provincias kurdas de Iraq. Tiene tres hijos adolescentes y trabaja como profesora en un instituto de enseñanzas medias. Se ha casado y ha criado a sus hijos en un país sometido a un estado permanente de guerra y privaciones desde hace 22 años. Ha sobrevivido a los bombardeos del ejército iraquí que forzaron a toda la población del Kurdistán iraquí a emigrar con lo puesto hacia los Zagros, las montañas, que le separan de Irán. Y hoy, una vez más, tiene que cruzar andando, la frontera invisible que separa la zona de exclusión aérea del norte de Irak del resto del país. Tiene que cargar con su maleta en un estado físico tan precario que durante los kilómetros de marcha muchas veces se cree morir. Y es que Sham ha sufrido dos mastectomías y tiene que someterse a un terrible tratamiento de quimioterapia para garantizar que el cáncer que la amenaza no se extienda por el resto de su organismo. La frontera está a medio camino de los más de seiscientos kilómetros de precarias carreteras llenas de curvas que atraviesan las montañas del Kurdistán y de las largas e interminables autovías cuyo fin nunca se atisba a través del desierto. Las temperaturas en verano superan los 50º C a la sombra y en invierno pueden no superar los 0º C. Y ella lo hace aún sabiendo que el rudimentario y anticuado tratamiento de quimioterapia la debilitará en grado sumo y exigirá un largo período de recuperación. Sham ha tenido suerte. Le han detectado la enfermedad a tiempo y su familia tiene medios y acceso a los medicamentos que pueden salvarle la vida pero la mayoría de la población iraquí no la tiene. Y no es por falta de médicos ni de hospitales. Todos los años se gradúan cientos de jóvenes médicos y enfermeras que no pueden ejercer por falta de medios para practicar. La Ciudad Hospitalaria de Bagdad, a comienzos de los años ochenta era una institución modélica y puntera, hoy sólo es un armazón vacío de esperanza y lleno de desolación. La población iraquí lleva sometida desde 1969 al régimen dictatorial y de terror del partido Baaz. Tres generaciones de iraquíes han nacido y se han educado subyugados por el miedo a la delación y la disensión. Mientras el petróleo pagaba todos los proyectos de ayuda social y garantizaba un altísimo nivel de vida, los iraquíes que no sentían grandes inquietudes políticas o intelectuales vivieron tranquilos aceptando la tiranía. Una vez comenzaron las guerras, la población se limitó a sobrevivir de la mejor forma posible adaptándose a las privaciones que ello implicaba. Hoy se conforman con levantarse por la mañana y afrontar los problemas que las tareas más cotidianas suponen para ellos. En esas condiciones, ¿quién puede pedirles que planifiquen y ejecuten un levantamiento contra Sadam? Si de verdad se quiere ayudar a los iraquíes se debería apoyar a la oposición política y no bombardear a gente inocente. Cualquier excusa es una mentira de consecuencias sangrientas.