TE MIRO Y NO TE CONOZCO

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

21 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Porque no sé como empezar, bloqueado por la pena, voy a pedirle a Julio Ravazzano que escriba, por mí, las primeras palabras: Te miro y no te conozco, /mi Buenos Aires querido, /del viejo arrabal sentido /ni un cachito te han dejado. /Yo te observo acongojado, /y en mi recuerdo tan fiel /voy a hablar de lo que fuiste, /frente a un tango de Gardel. Argentina es hoy una merienda de blancos. Gente culta y urbanizada, con apellidos españoles, alemanes e italianos, que habitan un paraíso. El suelo es feraz, el subsuelo rico, el aire limpio y el paisaje de ensueño, y con un puerto arrabalero que fue destino de millones de emigrantes que buscaban futuro, comida y libertad. Todo lo cual devino en una nación desesperada, hambrienta y caótica, que siente en su nuca el resuello de una nueva dictadura disfrazada de panadero salvapatrias. Por eso Argentina es hoy una lección de política, y una advertencia contra el economicismo autista. Porque, si hasta ahora creíamos que estas cosas sólo pasaban en sociedades tribales, donde los señores de la guerra se dedican al pillaje y los refugiados deambulan de un lugar para otro, con un niño en la mano y un colchón en la cabeza, el caos argentino nos está demostrando que los errores políticos y económicos, y sus respectivas huidas hacia adelante, pueden hacer que los médicos e ingenieros tengan que pelear por una lata de conservas. ¿El problema? Que a una política económica errática, que abusó de los instrumentos del Estado nacional, le sucedió una apertura salvaje, que fió sus objetivos a una estabilidad formal. Por eso perdieron competitividad, y empezaron su turbulento descenso por el paro (18%), el estancamiento (-6% en cuatro años), el endeudamiento (133.000 millones de dólares) y el derrumbe del poder adquisitivo, asumiendo lo peor de cada modelo, y sin los salvavidas que se necesitan para tan dura travesía. Claro que no trato de hacer un diagnóstico que resuelva en dos días lo que Cavallo y el FMI no hicieron en cuatro años. Pero quiero advertir, en cambio, de la enorme importancia que tiene la creación de ámbitos de acción política y económica que, sin dejar de ser rigurosos y abiertos, estén también gobernados. Porque si mal resulta supeditar la economía a la política, peor parece, si cabe, que la política sea esclava de la economía productiva. Lo bueno es el equilibrio entre ambas. Y eso no se logra ni regresando hacia el Estado nacional, ni cabalgando a lo loco hacia una economía internacionalizada y divorciada de los procesos sociales. Y eso es tanto como decir que lo que ahora vemos en Argentina podemos verlo en muchos otros lugares. Salvo que aprendamos la lección y nos vacunemos a tiempo.