JOSÉ A. PONTE FAR VIÉNDOLAS PASAR
18 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Cuando leí en el periódico que la empresa Castromil había sido comprada por otra del sector del transporte, confieso que sentí un cierto desasosiego. Y no por temor a monopolios ni por otras razones económicas; más bien, porque pensé en la desaparición de esos coches tan familiares para gran parte de los gallegos, en especial para todos los de mi generación. ¡Otra realidad de siempre tragada por la voracidad de las fusiones y remodelaciones del capital! ¿Desaparecerán del entorno unos coches, que, de tanto verlos por nuestras carreteras, se habían ya fundido con lo verde del paisaje? Conservaban en su interior gran parte de nuestra historia reciente. Esos incansables Castromiles ayudaron lo suyo a nuestro progreso y a nuestra comunicación. Ir con mi abuelo a Vigo en uno de esos coches heroicos, a esperar a un familiar emigrante, conserva en mi memoria la aureola de una gesta inolvidable. Era una aventura extraordinaria, y además, de gran provecho: se descubría una geografía nunca imaginada más allá de Padrón; se conocía gente muy variada que no paraba de hablar de las cosas sorprendentes de sus pueblos, que se llamaban Extramundi, Cotobade, nombres así. Tenía uno la oportunidad de comprobar, emocionado, que era cierto lo de la canción: desde a Ponte de San Paio, se veía Vigo, Cangas y también Redondela. Una maravilla, con el mar por el medio, dándole sentido a tanta historia y a tanta lejanía. Por estas y otras razones, el Castromil fue siempre, desde esos tiempos de penuria automovilística y de pobreza viajera, símbolo de novedad, del desplazamiento extraordinario a algún lugar distinto del habitual, casi siempre urbano, a Vigo, a Santiago o a Coruña. Después vendría la estampida de los automóviles de turismo, las prisas, los atascos en las carreteras, la guerra en la selva de asfalto. Pero aún así seguían los Castromiles, cada vez más modernos y confortables, ajenos a este tumulto, como fortalezas andantes. Y empezaron a tener nombres. Cada año, la empresa solía bautizar un coche nuevo con el de un artista o escritor gallego ya fallecido. Público reconocimiento de unos méritos artísticos por parte de una empresa privada, dirigida por gente con gusto. Sin duda, un ejemplo. Uno de esos coches llevaba el nombre de Torrente Ballester, desde el 13 de junio en que el escritor cumpliría noventa años. Me llamó la atención el cuidado y el esmero que puso la empresa en cada detalle. Empezando por el trayecto que el flamante coche recorrería regularmente: Ferrol-Santiago-Pontevedra-Vigo. Cuatro ciudades de gran importancia para Torrente: a Ferrol le debe su imaginación y su racionalismo; a Santiago, su amor por el arte y la piedra; a Pontevedra, el regalo de reencontrarse con Galicia; a Vigo-Baiona, el placer de disfrutar de ser gallego. El nombre de Torrente, en letras doradas sobre un lateral del coche, recorría diariamente de Norte a Sur, y viceversa, una Galicia variada y con futuro. Y se cruzaba con el de Cunqueiro, que lucía en otro, y con el de Laxeiro, Castelao, Rosalía, etcétera. Nombres que evocan un pasado brillante sobre las ruedas de unos coches modernos. En clave metafórica, el Castromil venía a ser una síntesis amable de nuestro pasado peatonal y nuestro futuro de vía rápida.