EL VIENTO Y EL LEÓN

SUSANA FORTES

OPINIÓN

16 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Sucede a veces, al salir del cine, que uno descubre en sí mismo un estado especial de transfiguración. Son momentos en los que permanecemos inmunes al olor del asfalto y a la lluvia o al invierno. Caminamos a las diez de la noche por calles vacías, emboscados, como avanzando solos hacia el final de un túnel. Porque algunas películas tienen el don de poner a nuestro alcance una altura de complejidad humana que sólo la poesía y la música pueden igualar. Cada cual tiene determinadas secuencias grabadas a fuego en el registro de su memoria sentimental. Y muchas veces estas imágenes ficticias nos retratan con más fidelidad que cualquier dato biográfico. Si tuviera que rescatar hoy alguna de esas escenas, no elegiría la epopeya de las escalinatas de Odessa, ni la interpretación coral de la Marsellesa en el Rick''s Café de Casablanca, ni mucho menos el juramento de una reprimida propietaria sureña que tomando en sus manos un puñado de tierra pone a Dios por testigo de que jamás volverá a pasar hambre. Pero hay una escena que me persigue hace tiempo desde la negrura sideral de un fotograma y que siempre me ha conmovido por lo que tiene de máxima escenificación de la melancolía cinematográfica. Es casi al final de Blade Runner, cuando Rutger Hauer, con una voz acabada y bella como ninguna, dice aquello de... «Yo he visto cosas que vosotros no creeríais jamás, atacar naves en llamas más allá de Orión. He visto rayos T brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser. Todos estos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir». Hay citas pronunciadas que el viento deshace y otras impronunciables que sin embargo perdurarán porque contienen de forma precisa un atributo que creíamos exclusivo del silencio. Tal vez la razón por la que nos negamos a olvidar determinadas películas es que nos tocan la misma fibra íntima donde subyacen esos paraísos dorados de felicidad que es más que probable que jamás conozcamos, aunque desde siempre nos hayamos acostumbrado a vivir con esa carencia, como si fueran parte de un iceberg que hunde su base bajo no se sabe qué línea de flotación de no sé qué humano y misterioso océano. Alguien camina de espaldas bajo el cielo negro de una ciudad, mientras desde el fondo de la calle llega el lamento quebrado de un solo de trompeta. Algo más que amor y algo menos. Seguimos esperando llegar a alguna parte, aunque sepamos desde antes de nacer que todo consiste en ir tirando y que si hay suerte, como le aseguraba el último pirata berberisco a su secuestrada y enamorada viuda americana en El viento y el león: «Nos veremos en el cielo, señora Pedckaris, cuando seamos dos gotas de lluvia flotando entre nubes». Perdón por la tristeza.