Galicia ha iniciado una nueva etapa marcada por el diálogo, la ilusión y el trabajo, un fructífero entendimiento político y la mirada puesta en el futuro. Es de agradecer el rumbo que el presidente Manuel Fraga trata de imprimirle al país. Su discurso en el acto de toma de posesión, invocando estos compromisos, habrá ilusionado, a buen seguro, no sólo a los gallegos que lo llevaron a revalidar su cuarta mayoría absoluta, sino a otros muchos que aguardan esperanzados que esas promesas se cumplan. Pero, mientras el presidente apelaba a la estabilidad y al diálogo las calles de Compostela vivían una situación totalmente opuesta a la que se dibujaba en el acto oficial. Hervían en incidentes. Representantes de estudiantes, funcionarios y sindicalistas se enfrentaban a la policía. Los gritos de protesta se mezclaban con los sonidos de miles de gaitas llegadas de todo el mundo. La gran fiesta se veía alterada por la tensión, consignas, cargas policiales, gases lacrimógenos, pancartas, porras, pelotas de goma, artefactos explosivos, piedras, botellas, proyectiles caseros, heridos y detenidos. Un balance nada acorde con las promesas presidenciales. Porque lo que estudiantes y funcionarios piden es, precisamente, diálogo. Lo vienen reclamando desde hace meses. Con actitudes criticables y reprobables. Pero piden diálogo. Dialogar sobre su situación laboral, en unos casos, y sobre una nueva Ley Orgánica de Universidades (LOU) que ha logrado uno de los mayores consensos que se recuerdan en esta democracia. El de la desaprobación y rechazo. Si la nueva etapa que ahora inicia Galicia va a basarse en el diálogo, Manuel Fraga habrá superado una de las más difíciles asignaturas de su gestión. Pero tendrá que ser riguroso en el cumplimiento. Porque ya decía Demóstenes que «las palabras que no van seguidas de los hechos no valen para nada».