EL SEÑOR DE LAS MIL CARAS

La Voz

OPINIÓN

13 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

¿Se imaginan a Mozart tocando el pandeiro en el Luar de Xosé Ramón Gayoso? ¿Les parece lógico que los rusos envíen a Kasparov a un campeonato de parchís? ¿Ven ustedes a Henry Kisinger carretando votos para el alcalde de A Capela? ¿Y Vojtyla? ¿Estaría dispuesto a cantar responsos detrás del muerto y pasar la bandeja en el cementerio de Triacastela? Pues todo eso me parece más fácil y más lógico que ver al cerebro de los atentados del 11 de septiembre haciendo un vídeo doméstico, bromeando con sus compadres y mandándole a George W. Bush la prueba fehaciente de sus travesuras sanguinarias. ¿En qué quedamos, Mr. Bush? ¿Andamos detrás de un sofisticado terrorista, rodeado de milicianos de elite y refugiado en un moderno laberinto de búnkeres atómicos, o perseguimos a un coñón de cuarta fila que alardea de sus hazañas ante los primos de su mujer? Porque si es lo primero, es mejor que retire el vídeo y busque pruebas más sólidas y adecuadas a los mecanismos procesales de un país democrático. Y si es lo segundo -¡Dios lo quiera!- es mejor que retire usted los aviones B-52, los Tomahawk, los marines, los portaaviones nucleares, los cazas F-16 y la chusma variopinta de la Alianza del Norte, y que entregue el control de Kandahar a un cabo y cuatro números de la Guardia Civil. La cuestión, Sr. Bush, es muy seria. Y aunque es posible que usted se frote las manos por haber arrasado un país miserable, somos muchos los que miramos con horror una guerra hecha contra un imaginario colectivo, mientras el terrorismo sangriento rebrota por todas partes. Lo crea o no, Mr. Bush, las cosas están peor que hace tres meses. Por eso entiendo que siga usted huyendo hacia adelante, contra Bin laden y los molinos de viento, aunque yo, al igual que muchos más, no estemos dispuestos en absoluto a seguirle.