A lo largo de la Historia de España cabe encontrar los más variados precedentes al modo de elegir senadores: Durante un gabinete Narváez, el duque propuso en las Cortes que fueran nombrados entre los Grandes de España que contaran con una cierta renta. A ello se opuso, ente otros, Lafuente para quien el factor discriminatorio no debería ser el dinero, cualquiera sabe de qué modo ganado. Ya embalados nuestros arbitristas, el marqués de Miraflores, más conocido en ciertos ambientes de la corte isabelina como el marqués de fin fan, sostenía que la forma más idónea de elegir diputados a Cortes, que tenía la singular ventaja simultánea de la relativa baratura y de minar el maléfico poder del cacique, era meter en un bombo los nombres de todos los candidatos y nombrar diputado a quien saliere agraciado en el sorteo. No se sabe si para recompensar esa ocurrencia, u otras, el señor marqués fue luego agraciado por la reina con la jefatura del gabinete. Como puede verse existen muchos modos de nombrar senadores, pues si algo falta en España no es el ingenio. No obstante, bien mirado resulta mejor el método del marqués que el del duque. En efecto, que un posible senador de extracción nacionalista tenga que ser previamente Grande de España no parece políticamente correcto, y podría herir la sensibilidad del elegido. Y no por lo de Grande a alguien acostumbrado a medrar entre las pequeñeces localistas, sino por lo de España, nombre tan urticante para algunos. Desde luego no hay derecho. ¡Lo qué tienen que tragar ciertas gentes para ganarse el jornal!