CÉSAR ANTONIO MOLINA
06 dic 2001 . Actualizado a las 06:00 h.A comienzos del siglo XVIII, el emperador mogol Akbar Khan quiso saber cuál era el idioma natural del hombre, aquél que Dios le otorgó en su engendramiento y, con el que, por vez primera, se relacionó con sus semejantes. Ordenó separar de sus padres y familiares a una docena de niños recién nacidos y los puso al cuidado de un grupo de sordomudos. Durante doce años vivieron aislados sin ningún contacto verbal. Un día el emperador reunió a los sabios políglotas e hizo venir a su presencia a aquel conjunto de infantes. Eran mudos y solamente fueron capaces de comunicarse por gestos. La historia fue relatada por un jesuita, el padre Catrou. Mi interlocutor Francisco Mora, catedrático de Fisiología Humana, me señala que no se nace con el habla, sino con la pontecialidad de hablar: «Sólo el aprendizaje convierte en hecho aquello que está en potencia». Pero, «¿por qué Dios no puede ser mudo?», le pregunto yo. «¿Por qué el emperador mogol no descubrió el verdadero origen del lenguaje: esos gestos, esas expresiones corporales de los niños raptados?». Y Mora, pacientemente, me contesta que Blakemore en Mechanics of the Mind cree que así fue, lo mismo que yo ahora. Una vez presentados en sociedad, ¿aquellos muchachos pudieron aprender a hablar?. «¡No!», me responde tajantemente. «Si un niño antes de los siete u ocho años no ha oído hablar a sus semejantes, nunca después podrá hacerlo o, desde luego, lo hará con enormes dificultades y limitaciones. La ventana plástica del lenguaje se cierra alrededor de esa edad. Sin embargo, como demostraron los niños de Akbar Khan, éstos pueden tener un desarrollo emocional, afectivo y de relación con sus semejantes bastante normal». Francisco Mora es autor de un libro muy interesante, El reloj de la sabiduría. Tiempos y espacios en el cerebro humano. Lo leo inmediatamente después de tener con él esta charla. De entre los muchos asuntos tratados, me interesan los capítulos dedicados a: La conciencia emocional de lo divino, Cómo estudiar la conciencia científica o su a modo de epílogo ¿Qué nos hace humanos? Comenta, por ejemplo, que el ingrediente crucial de la experiencia religiosa es su componente emocional. Basándose en investigaciones realizadas en personas normales ante situaciones extremas de ansiedad o por estímulo eléctrico de su cerebro en un acto quirúrgico o en auras epilépticas, escribe «que el cerebro posee el substrato último de todo conocimiento, inefable o no, incluído el religioso». Y revela, además, que bastantes de los componentes de las experiencias religiosas tienen su asiento último en el sistema límbico, «por mucho que la literatura médica esté repleta de contradicciones debido a lo complejo del fenómeno». Me gusta eso del sistema límbico y pensar, como lo hace el profesor, que sea el cerebro quien posee el elemento final de todo suceso trascendente o no. Es decir, «que el cielo y el infierno están en nuestro cerebro y en ninguna otra parte». Así, nosotros no seríamos creación de Dios, sino Él nuestra. ¡Qué responsabilidad! ¿Podemos prescindir de esa cabeza de turco? Hace más de un siglo Emily Dickinson, encerrada en su casa de ladrillo rojo de Amherst, en Nueva Inglaterra (USA), llegó a la misma conclusión, «the brain is just the weight of God»: El cerebro pesa lo mismo que Dios/ Y si lo calculas Libra a Libra/ Hallarás la misma diferencia si la hubiere/ Que separa a una Sílaba de un Sonido. Mora se refiere acertadamente a la necesidad de superar nuestra condición de humanos, lejos de la agresión y la violencia. «Si los circuitos de la corteza prefrontal y los de la amígdala procesan la información sensorial lejos de los códigos cervales adquiridos a lo largo del proceso evolutivo, el ser humano tendría visos de caminar hacia un mundo en donde ese sufrimiento y la frustración, motor de las batallas de los hombres, se tornase en sentimiento de reconocimiento mutuo de vida y esperanza».