EDUARDO CHAMORRO LA PENÍNSULA
28 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El patriotismo estadounidense lleva desde el pasado 11-S en un trance de espectacularidad entre cuyos efectos colaterales pueden contarse instantes de auténtica inspiración en el primer ministro británico, Tony Blair, momentos estelares del canciller alemán, Gerhard Schröder, y la entrada en un cierto estado de gracia del presidente ruso, Vladimir Putin. Era, precisamente, este último quien más necesitaba de esa lluvia de mayo. Rusia añade a todas y cada una de sus circunstancias el hecho de arrastrar un fardo histórico nada fácil de administrar. Pasó en menos de un siglo de un régimen de servilismo y vasallaje a un sistema policíaco y de manicomio, y, luego, de la condición de potencia a una situación desmedrada en la que las decisiones suelen tener el aspecto de un arbitrismo demasiado mercurial. Al cabo de dos mandatos presidenciales no muy hábiles en el regateo del patetismo, con una mafia polifacética y rampante, un ejército cuarteado por el agobio presupuestario, los submarinos reventando en los abismos, un conflicto en Chechenia siempre a punto de escapar de las manos y un Partido Nacional Bolchevique que nada tiene que envidiar al Partido Neo Nazi en atuendo, actitudes y turbulencia caótica, el ciudadano ruso sorprende cuando en las encuestas se muestra más a favor de volver a ser una gran potencia que de alcanzar un nivel de vida cercano al canadiense. Crisis de autoestima Cuando las cosas se ponen así, suele ser el momento para hablar de una crisis de autoestima. España conoció una etapa parecida, estudiada en los textos de la generación del 98, y los acontecimientos posteriores demostraron que no fueron tiempos de los que sentirse particularmente orgullosos. Vladimir Putin -del que no abundan las fotos que le muestren sonriendo- da la impresión de haber aprovechado los acontecimientos en torno al 11 de septiembre para devolver al ciudadano ruso la percepción de su patria como un país al que se tiene en cuenta. En ese sentido, el presidente Vladimir Putin ha dejado bien claro para su mercado interno que la potencia victoriosa en la Guerra Fría no ha podido evitar poner sus ojos en Rusia a la hora de afrontar una amenaza global al orden de la posguerra. Así, ha conseguido que sus puntos de vista sobre la crisis con los independentistas de Chechenia parezcan bastante razonables, y ha demostrado su capacidad para intervenir en las repúblicas del cinturón musulmán de la antigua Unión Soviética. También ha mostrado su sangre fría ante el nuevo perfil del Estado alemán, la presión de China, la inestabilidad coreana y la tranquila diplomacia nipona. Un Estado demócrata Putin reunió el 22 de septiembre pasado, a orillas del Mar Negro, a las cúpulas militar y política rusas y no encontró objeción alguna a su modo de ver las cosas. Su ministro de Exteriores, Ivanov, entró en comunicación directa, tres veces a la semana, con Colin Powell. La inteligencia rusa puso en manos de la americana un material que ésta consideró sorprendente. Y cuarenta y cinco días más tarde, un diplomático estadounidense reconocía que «Rusia está haciendo más en apoyo de la guerra contra el terror que la mayoría de los miembros de la OTAN». Apenas concluida su visita a los Estados Unidos, Vladimir Putin ha convocado un Foro Cívico que puede ser el primer intento serio para una organización centrista de la política rusa, y para el fortalecimiento de la sociedad civil en la cristalización del Estado demócrata. Parece sincero y también bastante consciente de que ejercer de canciller de hierro sin infundir sospechas respecto a sus convicciones demócratas es tanto un ejercicio de esgrima como de funambulismo.