NOVELAS Y DESEOS

La Voz

OPINIÓN

JOSÉ A. PONTE FAR

20 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

El otoño es tiempo de recolección y de cosechas. También de premios literarios. Ahora se están fallando algunos de los más importantes de España, en cualquiera de nuestras lenguas. Novela, poesía, ensayo, relato corto, artículo periodístico... Instituciones oficiales y entidades privadas financian y promocionan estos certámenes, que incentivan el trabajo en soledad de los escritores y alientan la dimensión creadora y artística de las personas. Jurados que deciden, expectativas que se frustran, esperanzas que se cumplen: todo ello engarzado en esfuerzo personal, en lucha solitaria y amor a la literatura. Como parte integrante de ese mundo tenso y vital, conozco, más o menos de cerca, lo que ocurre en el terreno de la narrativa. Y no deja de sorprenderme el vigor y la fecundidad que este género muestra año tras año. A cada concurso con un poco de renombre se presentan cientos de obras. Es cierto que una cosa es la cantidad y otra la calidad, y que, en ocasiones, se encuentra uno con textos escritos por gente tan atrevida como indocumentada, pero no lo es menos que de la cantidad se decanta la calidad. Y así, en cada certamen que se precie, hay media docena de textos muy salvables y dignos, capaces de escapar a la tendencia tan nefastamente generalizada de buscar historias planas, con acción y sexo, en persecución de un bestseller espectacular, confundiendo, quizá, lo que son guiones cinematográficos o televisivos con la verdadera naturaleza novelística. Por desgracia, no se suele encontrar esa gran novela, que sorprenda y acapare elogios unánimes; pero no debe extrañarnos, porque tampoco suele aparecer durante el resto del año en el panorama editorial de nuestro entorno. Pero la razón de mi sorpresa está en que el género novelístico aguante tan bien las circunstancias adversas que lo rodean, entre las que no podemos dejar de citar los hábitos sociales de hoy, tan poco propicios para que la gente lea; ni la poca atención que se presta en la escuela a la lectura; ni el atontamiento que ejerce sobre nosotros la televisión, ni la casi inexistencia de una orientación crítica honesta, que separe con claridad el grano de la paja. Es decir, lo que más me sorprende es comprobar que sigue intacta esa necesidad del hombre -y de la mujer, que es la que más lee actualmente- de aderezar su vida con unas dosis de ficción. Comprobar, en definitiva, que necesitamos algo más que los hechos diarios que nos ofrece la chata realidad. Y por eso buscamos, a veces inconscientemente, conocer lo posible además de lo cierto. Quizá, de forma más o menos velada, hayamos aceptado aquello que decía el sabio Torrente Ballester a propósito de Pessoa, en cuanto a que cada uno de nosotros está compuesto no sólo por lo que fue y lo que hizo, sino ante todo por lo que pudo ser y por lo que soñó hacer. Quizá por eso nos atrae la literatura, y particularmente la novela. Porque en la trayectoria de la vida de ese personaje literario encontramos reflejada la nuestra, con los deseos incumplidos, los miedos que nos paralizaron o los peligros que hemos logrado esquivar. Creo que ahí reside la fuerza del género novelístico. En una debilidad del ser humano anida su fortaleza.