YASMINA SHAWKI
20 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.La Alianza del Norte avanza imparable hasta el último feudo de los talibán en el sur del país. El inhóspito territorio afgano va siendo liberado de la opresión de los Estudiantes de la Fe que han dejado tras de sí una estela de muerte y dolor. No podemos por menos que alegrarnos al ver como van cayendo los símbolos externos de la teocracia talibán como son las luengas barbas de los hombres y las burkas de las mujeres. Por lo que parece, la reconquista del terreno se hace rápidamente y casi sin derramamiento de sangre. El avance es tan veloz que ha sorprendido incluso a los analistas militares. Y no es para menos. El conglomerado, con una cohesión deficiente, que integra la llamada Alianza del Norte no es representativa, ni mucho menos, de la mayoría de la población afgana que pertenece a la etnia pashtun. Desde la muerte de su único líder, Masud, no se ha consolidado nadie como su nuevo jefe y preocupa que, una vez liberado Afganistán, vuelva a sucumbir en el caos y en la anarquía por la falta de un gobierno estable. Los actos de venganza, los odios, las revanchas entre ambos bandos, pueden sumir en una oscuridad total al país. Por mucho que Bush se esfuerce en lograr la formación de un gobierno de transición con la participación más amplia y representativa posible, no podrá evitar que los resquemores salgan a flote desde el inicio. El tiempo, en contra Y es que el tiempo juega en su contra. En Afganistán no hay una clase política que pueda dirigir el proceso y los exiliados o son demasiado mayores o no representan a la mayoría. Cualquier nuevo gobierno debe de tener en cuenta a la mayoría de la etnia pashtun que, salvo demostración en contrario, es partidaria de los talibán. Si tienen la mayoría numérica podrían acceder al poder utilizando los medios democráticos que se establezcan y estaremos de nuevo ante un gobierno teocrático. Por el contrario, ignorar a la mayoría de la población no es viable, sería como intentar ocultar el sol con un dedo. Difícil tesitura. EE UU se ha metido en Afganistán con la excusa de atrapar a Bin Laden, apoyado y protegido por los talibán, y lo ha bombardeado para dar un escarmiento a los terroristas y servir de advertencia a aquellos que pudieran tener la idea de violar los derechos y libertades norteamericanas. Para ello EE UU ha entrado en Afganistán apoyando a la Alianza del Norte consciente de que con los bombardeos no reduciría a los talibán en un plazo corto y de que la Alianza del Norte no ganaría tampoco la guerra en tierra sin su apoyo. Extraños compañeros de cama hace la necesidad. EE UU no puede ni debe controlar al futuro gobierno afgano pero necesita lograr una legitimidad y una estabilidad del mismo para justificar su intervención. Al mismo tiempo, debe contentar a los poderosos vecinos, es decir, Irán y Pakistán. Veremos si la diplomacia norteamericana no tira la toalla, como en otras ocasiones, abandonando el país a un caos peor que en el que estaba y logra mantener un equilibrio de poder en la zona.