XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS A TORRE VIXÍA
14 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Para Fraga está claro que las movilizaciones de estudiantes y profesores de todas las universidades de España «tienen instigadores», y que nada de esto sucedería si nos dejasen actuar de forma espontánea, leal y razonable. Frente a todos los intentos de diferenciar las protestas de hoy de las que levantaron las universidades de nuestra juventud en contra de la dictadura franquista, el presidente de la Xunta parece empeñado de reproducir los esquemas de una vieja movilización en la que el gobierno y la sociedad aparecían enfrentados, cuando todas las manifestaciones eran asimiladas a algaradas molestas que, urdidas por cabecillas comunistas y judeo-masónicos, turbaban la paz ciudadana y la sacrificada labor de los que se afanan en resolver nuestros problemos mucho mejor de lo que pedimos y merecemos. A mi, en cambio, me parece de perlas que los estudiantes se organicen, discutan sus problemas y salgan a la calle, y no dejo de admirar la fuerza y la imaginación que le echaron a un movimiento que, después de romper la inercia de calma, división y pasotismo que tenía anquilosada nuestra universidad, funciona con buena estética y evidiable civismo. Porque la vida tiene muchas lecciones que no caben en las aulas, y sólo una persona que haya prendido la democracia por los pelos puede sentirse identificada con la vulgar y resabiada frase de que «las leyes no se hacen en la calle». Dice Fraga que todavía se pueden arreglar la LOU en el Senado. ¿A qué arreglos se refiere? ¿Qué sabe Fraga de nuestras reivindicaciones? ¿Cuál es su modelo de universidad para los próximos años? Nada de eso parece preocuparle a quien, después de ver en la calle a todos los estudiantes, rectores y profesores, despacha su protesta diciendo que «hay instigadores». Lo curioso es que este eco del pasado nos llega a través de un poder formalmente democrático que acaba de ser refrendado por la misma sociedad que lidera las movilizaciones contra la LOU. Porque eso hace que coincidan en Galicia dos realidades políticas contradictorias: un movimiento social propio del siglo XXI y un discurso político caudillista y anterior a la Transición. Y por eso sería bueno que aprovechásemos la coyuntura para pensar en la fosa que separa la Galicia oficial de la Galicia real, como si los gallegos votásemos de una manera y viviésemos de otra, o como si no creyésemos en la capacidad de las urnas para impulsar las transformaciones que exigimos en la calle. Por eso los gallegos nos dividimos en dos grupos: uno que tira a patriotero, donde militan Fraga y Fernández de Mesa; y otro que tira a progre, en el que se dan cita miles de estudiantes y algunos instigadores como yo.