LOS ENVASES DEL TERROR

La Voz

OPINIÓN

EDUARDO CHAMORRO LA PENÍNSULA

10 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

La guerra ha sido siempre un excelente caldo de cultivo para el sarcasmo, así que no creo que surja el menor inconveniente si reconocemos que la situación en Afganistán, y donde no es Afganistán, no está para tirar cohetes. Ni en Afganistán, ni en América, ni en Lituania, ni en Alemania, último lugar -cuando escribo- en la recepción de cartas con ántrax dentro. Al cabo de cuatro semanas de bombardeos, lo único que sabemos con certeza es que llevan cuatro semanas bombardeando. Bin Laden sigue siendo una transparencia sobre aquellos desiertos y pronto pasará a ser una calcomanía sobre la nieve. Mientras tanto, mantiene intacta su capacidad para infundir miedo, quizá pánico, y no hay modo de saber hasta dónde llegan sus posibilidades de llevar a cabo los males que anuncia. Lo malo es que algunos de esos males son males anunciados. En la primavera del 2000, el director de la CIA, George Tenet, hizo saber a un reducido grupo de científicos americanos expertos en biodefensa que Bin Laden estaba entrenando a sus agentes en el manejo de armas químicas biológicas. Aquella reunión tuvo lugar meses después de que una misión americana examinara los depósitos de ántrax enterrados por los soviéticos en la isla de Vozrozdniye, en el devastado mar de Aral, entre las antiguas repúblicas soviéticas de Uzbekistán y Kazajstán. Esa isla y sus alrededores son un terreno calcinado por la ciencia, a cuyo alrededor llevan años moviéndose agentes iranios e iraquíes en busca de cualquier cosa que sirva a sus planes de guerra biológica. Las antiguas instalaciones fueron abandonadas por los rusos en 1992, tras veinticinco años de trabajo en el más ambicioso programa de guerra bacteriológica desarrollado jamás por potencia alguna. Un programa brutal en un territorio donde se llegaron a realizar 456 pruebas nucleares, de las que 116 lo fueron al aire libre, con una extensa secuela de enfermedades y envenenamiento medioambiental. Un simple cambio de viento y aparecía una manada de antílopes muertos. Rusia convirtió aquello en el mayor cementerio de armas bacteriológicas, especialmente las basadas en el ántrax. Lo enterrado en 1987 seguía vivo en 1997. Dos años antes, en 1995, se había sabido que los soviéticos habían conseguido mezclar microbios de ántrax con genes virulentos de Bacillus cereus. La alarma condujo a una inspección del complejo, y al descubrimiento de que las instalaciones no sólo habían sido saqueadas, sino también abandonadas sin la menor protección frente a agentes difusores de las esporas de ántrax tales como roedores, lagartos y pájaros. Los inspectores americanos recogieron, entre otras cosas, una máquina que les pareció sospechosa, por cuanto podía servir para la preparación de bombas bacteriológicas. Al cabo de varias semanas de investigaciones, el resultado fue doble. Por un lado, aquella máquina no mostró signo alguno de ántrax. Por otro, acreditó servir perfectamente para lo que era: una máquina para llenar botellas de leche. La investigación costó 10.000 dólares. Ciertos investigadores subrayaron sus reservas, al señalar el hábito soviético de diseñar máquinas de doble uso, que pudieran presentar como útiles prácticamente domésticos frente a cualquier inspección. De aquellos primeros contactos de los expertos americanos con el cementerio que ahora se han encargado de limpiar, se llegó a un par de siniestras conclusiones: el complejo de Vozrozdeniye nunca quedó cerrado de manera estanca y perfectamente inaccesible. Y dos: no hay muchas maneras de distinguir entre lo que sirve para facilitar la leche del desayuno y lo que es útil para el terrorismo. De modo que la guerra no está para tirar cohetes.