LA DIVINE UTOPIE

La Voz

OPINIÓN

RAMÓN CHAO

31 oct 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

«''Señor, deja que vaya a enterrar a mi padre antes de que te siga''. Y Jesús le respondió: ''Sígueme, deja que los muertos entierren a sus muertos''» (Mt. 8, 19-22). Si Jesús es Dios, artículo de fe para los cristianos, no habrá dicho en vano esta enigmática frase. Creo recordar que, lo mismo que Joyce, Jorge Luis Borges había manifestado la misma perplejidad ante una frase tan sibilina de la Divinidad. El escritor argentino nos había comentado que pensaba escribir un cuento fantástico sobre esta orden misteriosa, que dictada por el Todopoderoso, equivale a un mandamiento: «Undécimo, que los muertos entierren a los muertos». El autor de Ficciones desapareció antes de que se realicen los deseos de Cristo, en un momento en que la religión parece regresar a la niñez y reclama que se la alimente de milagros, como en la cuna. Sospechamos que una etapa de la creación quedó inconclusa para un agnóstico que, además, esperaba la muerte como una liberación. Habiendo consultado exhaustivamente los escritos de los Padres de la Iglesia, desde Ireneo hasta Juan Damasceno, no encontré el menor análisis de un tema tan trascendente, cuando estos hombres venerables se entregan sin descanso a glosar sobre el sexo de los ángeles. A mí sí que me preocupa. Y tras cavilar y cavilar durante meses y años, me dio por medir la dificultad que tendría un individuo muerto de lepra o arrollado por un tranvía para recomponerse de repente y ponerse a ganar la vida en el duro oficio de enterrador. Harto de observar que desde hace años nuestros sociólogos y políticos preparan medidas a cual más vacua e inútil, se me ocurrió una propuesta feliz, que aparte de su absoluta ortodoxia, es realista y humanitaria, no acarrea gastos y, así lo espero, no provocará la menor objeción. Hela aquí, resumida en un postulado: Dios dejó inacabada la Creación. Y no porque tuviera otra cosa que hacer, sino que miles y miles de millones de siglos pasan como un suspiro en el tiempo de la eternidad. Para más tarde quedó este último mandamiento: que los muertos entierren a los muertos. Pues si Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, tuvo que hacernos inmortales, como Él. La última etapa de la Creacion se realizará cuando se haga realidad esto que todavía consideramos como una utopía, y nos sometamos a este precepto sibilino de enterrar a los nuevos muertos una vez muertos nosotros. Ni se me ocurría que surgiera alguna oposición a tan humanitaria exégesis, cuando una corriente de demógrafos comenzó a prever un notable aumento de la población mundial. A lo que se sumó la opinión de una persona muy digna, a quien preocupa sinceramente el porvenir de lo que se empeña en seguir denominando la clase obrera, cuyas virtudes reconozco sin restricción. Arguye que, si se obtiene de este modo la vida eterna para los muertos, nos arriesgamos a aumentar el problema del paro los vivos. Confieso que este argumento me ha preocupado durante horas. Al fin y al cabo no estoy tan aferrado a mi teoría, tan inocente y accesible, como para rechazar cualquier otra medida sensata. Pero todo está calculado. Pensemos en Francia. Su población se eleva hoy a los sesenta y un millones de personas. Calculo que entre ellas fallecerán unas quinientas mil por año y que en el mismo espacio de tiempo se producirán unos setecientos mil nacimientos. Para llegar a un equilibrio bastaría con bajar el porcentaje de natalidad suprimiendo las ayudas a las familias numerosas y a la maternidad, entre otras medidas, para alcanzar el crecimiento cero. Este maltusianismo sería sorprendentemente filantrópico. Los no-nacidos gozarían de la eternidad antes de la vida y no tendrían que atravesar este valle de lágrimas que es la tierra para alcanzar la eternidad post-morten. Sólo habría muertos, muertos que enterrarán a muertos, como ordenó Jesús. Es posible que haya que transformar parques en cementerios, torres babilónicas en jardines infantiles y otras disposiciones urbanísticas que los arquitectos y paisajistas resolverían de lo mejor. Lo cierto es que desaparecerían los crematorios y se suprimirían anuncios indecentes que se pueden leer en algunas funerarias (Muera tranquilo, nosotros nos ocupamos del resto). Otra ventaja de mi lucubración sería el número de suicidios preventivos que produciría la conveniencia de llegar a la segunda parte de la vida en buen estado físico para ejercer un oficio al fin y al cabo duro y cansado. Tal vez se me reproche, en fin, el aspecto idealista de la propuesta. A mis detractores digo que reflexionen con calma. El destino de la humanidad sería menos terrible que verse condenados a consumirse en el fuego del Círculo Octavo con los simonistas (ni aunque fuera en el Purgatorio), o esperar miles y millones de años para ser al fin juzgados (¿y qué sentencia nos caería?) en el Valle de Josafat.