NI AQUELLO NI ESTO

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

31 oct 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

La Universidad española, llena de juventud y brillantes cabezas, se va a movilizar la semana que viene contra la Ley de Ordenación Universitaria, siete días después de su aprobación en el Congreso y cuando termine el puente de Todos los Santos. Y eso quiere decir, aunque duela reconocerlo, que tiene razón la ministra. Hace diez años, cuando yo regresé a la Universidad, todos hablaban de una inminente reforma. Y se iniciaron las maniobras de desprestigio que abrieron el camino para la manipulación de una institución que cada vez está más orientada hacia modelos de calidad economicistas y formalistas. Pero nadie se dio por aludido hasta que, en medio de farragosos informes y tópicos análisis, salió a luz y debate la propuesta de Pilar del Castillo. Y otra vez -¡milagro de los milagros!- la universidad, sus jóvenes y sus lumbreras, volvieron a pasar del asunto, incapaces de movilizarse y claramente absortos por la problemática particular de cada uno: dimisión obligada de rectores, plazos transitorios para la consolidación de puestos de trabajo y control político sobre los procedimientos de evaluación de calidad y habilitación docente. Cada uno a lo suyo, y la ministra en lo de todos, se puso a andar un proyecto que, si no es peor que los demás, tendrá que cargar con el sambenito de haber perdido todas las oportunidades de modernizar la universidad y de haber restaurado viejas fórmulas que ya han demostrado su capacidad de hacer catedrático a un burro atado a un poste. Y así estamos ahora: con miles de profesores sorprendidos en su idílico camino hacia el funcionariado, con todas las universidades enfrascadas en el insólito espectáculo de convocar las plazas por mañuzos, con las autonomías defendiendo sus competencias a la pillota, y con la ministra encantada por haber suprimido la endogamia para recrear las satrapías. Un placer, sobre todo, para la universidad privada, que, con pasta y poco más, podrá resolver su vida a la americana: crear profesorado, ofrecer servicios sin especial control, y dar títulos al gusto del cliente. Pero nos está bien empleado. Porque fuimos incapaces de presentar alternativas, porque no hemos dialogado ni enseñado los dientes, porque dimos la sensación de que sólo nos preocupa el sueldo, porque hemos convertido la Universidad en una fría factoría de clases y títulos, por no leer los periódicos y por hacer paros serodios y protestas estériles. Nunca añoro la Universidad de mis tiempos, cuando todo era asamblea y folga contra Franco. Pero tampoco me siento orgulloso de hacer una huelga a toro pasado, cuando sólo sirve para denunciar la cósmica apatía y la beatífica felicidad del gremio que la impulsa.