LA TUMBA INQUIETA

La Voz

OPINIÓN

EDUARDO CHAMORRO

29 oct 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Todo es relativo. En pesetas, 180.000 millones (que al cambio son 1.081.821.787,89 de euros) es una cantidad de dinero que puede mejorar la vida de un buen número de personas durante un cierto tiempo en un espacio más o menos determinado. Pero puede muy bien resultar insuficiente para acabar con la vida de un hombre refugiado en una cueva antes de que llegue un invierno que podría ser el de nuestro descontento. De modo que entra dentro de lo posible que la CIA se gaste en pesetas esos 180.000 millones (al cambio 1.081.821.787,89 euros) sin haber acabado con Bin Laden. Pero eso es lo que pasa con casi todos los presupuestos de la guerra: que son insuficientes. No es la guerra sino la victoria desde donde se puede decir que los presupuestos fueron suficientes. Por eso, entre otras cosas, lo dejan las guerras a uno como lo dejan. Las condiciones y circunstancias de la guerra son siempre de tal índole que a la insuficiencia de los presupuestos viene a añadirse un buen número de errores o desaciertos en los adecuado de las previsiones. Así, por ejemplo, las Fuerzas Aéreas americanas llevan años gastando los billones a esgalla en un tipo de avión de combate, el F-22, que es toda una monada de utilidad nula en las condiciones y circunstancias de la guerra en curso. El caudal de lo gastado en los F-22 dejó en pañales lo presupuestado para el avión espía teledirigido Predator, cuya construcción quedó reducida a siete unidades al año. Ahora resulta que los F-22 reposan en los hangares y que se necesitarían docenas de Predator para cubrir como es debido el teatro de operaciones en Afganistán. Si quienes decidieron las prioridades del presupuesto de las Fuerzas Armadas americanas hubieran sabido discernir con quién habrían de enfrentarse, habrían resuelto de otro modo unos gastos tan suntuosos. Siempre es bueno y nunca es fácil saber con quién va a gastarse uno los cuartos. Y eso es lo que más le gustaría saber a la CIA. Cualquier periodista con una mínima experiencia de guerra sabe lo arduo y caro que resulta conseguir información en un terreno y situación donde las fuentes no son dignas de todo crédito, y los informadores no se ven libres de sospecha en la medida en que saben el valor añadido de lo que ofrecen, por lo que se mantienen en subasta al mejor postor según un mercado estimulado por todos los frentes. Esos 180.000 millones de pesetas (1.081.821.787,89 euros) de la CIA buscan a alguien que por sí sólo o en compañía de otros esté abierto al soborno y dispuesto a la traición. El recelo que impregna todo ese tipo de acuerdos y transacciones es únicamente el primer problema del asunto, y no el más peliagudo. El meollo de la cuestión es que no basta con el dinero. El dinero no basta para quienes cuentan con la información que busca la CIA y están dispuestos a negociar con ella. Ellos quieren más de otra cosa. Pretenden poder, quieren áreas de dominio, zonas de influencia. Saben que el taifismo es una constante en ese escenario de los hechos que es el suyo. Quieren la propiedad de un territorio junto con las armas para defenderlo como garantía de la vida con que gozar de lo conseguido. ¿Cómo gastarse los cuartos con gente que es así? ¿Cómo dibujar un mapa y diseñar un curso de acción con tales interlocutores? ¿Cómo inventar una nación o reinventarla con semejantes ingredientes? Y otra cosa no hay. Es el tipo de preguntas que aún mantiene inquieto a Lawrence de Arabia en su tumba.