ENTRE MORIR Y MATAR

La Voz

OPINIÓN

XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS

28 oct 2001 . Actualizado a las 06:00 h.

Mary Robinson, politóloga, ex-presidenta de Irlanda y comisionada de la ONU para los Derechos Humanos, todavía cree que los refugiados son separables de la guerra, y que una máquina militar como la americana puede detener sus aceifas para dar de comer al hambriento. Por eso le aconsejo acudir a una pasantía para aprender rápidamente tres cosas: que la actuación de la ONU en este conflicto fue siempre vicaria de los Estados Unidos, y que no le queda mucha autoridad moral para revisar a destiempo la monumental desfeita de la que todos somos cómplices; que los refugiados no son un hecho sobrevenido a la guerra, sino la guerra misma, y que sus cálculos de vida y muerte se hacen en despachos con aire acondicionado y usando una técnica muy parecida a la que mide las poblaciones de focas en el Ártico; y que las modernas técnicas de guerra manejan el colapso de las sociedades como la más potente bomba que puede arrojarse contra el enemigo. Por eso me temo, señora Robinson, que no le van a hacer mucho caso, y que todas sus advertencias sobre los riesgos que corren millones de refugiados afganos van a ser analizadas como una inocente injerencia de la autoridad civil en algo que ni conoce ni le incumbe. Claro que las cosas cambiarían mucho si, en vez de darnos la noticia en términos remilgados, como suelen hacer las ONG y la señora Robinson, nos enfrentasen con la cruda realidad de unos hechos que tenemos que valorar y asumir. Y para eso hay que evitar que, mediante una involuntaria confusión entre los verbos morir y matar, se reduzca el drama de los refugiados a una cosa más o menos natural cuya responsabilidad se reparte por igual entre Alá/Dios/Yahvé y los afectados. Porque los refugiados no son turistas que hacen surf en aguas peligrosas o alpinismo de alta montaña, sino pobres gentes que, levantadas de sus chabolas y su miseria por las bombas, se ven forzadas a salir a los caminos donde les espera la muerte. No son voluntarios, como los toreros, ni profesionales, como los soldados, ni terroristas, como Bin Laden, ni enfermos terminales. Son padres de familia, cargados de niños, a los que una concreta decisión les priva de la vida. Por eso, lejos de decir que se mueren, con la idílica visión del que «llega al fin de su vida», hay que decir que alguien les mata, quitándoles la vida que podrían conservar. No podemos consentir que el balance de esta guerra sea como el del Golfo: llorar por media docena de soldados, lamentar la abstracta masacre de miles de talibanes, y hablar de los millones que se van a morir, como si fuesen enfermos, frente a su propio destino. Porque los refugiados también están en la guerra, y sólo se mueren si, de una u otra forma, se les mata.