XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS
20 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Dicen que no hay ninguna actividad en el mundo que, si se repite varias veces, escape con éxito de las garras de la monotonía. Le pasa al sacerdote que celebra misa dos veces al día, al médico de la UCI que ve la muerte a diario, al juez que hace sentencias con cadencia funcionarial, y a Mostovoi, que canea a la defensa contraria y deja clavado al portero con la misma normalidad con la que toma el autobús. Por eso me impresionan tanto aquellos versos de León Felipe: «para enterrar a los muertos/ cualquiera sirve, cualquiera/ menos el sepulturero». Porque son una perfecta e intensa expresión del efecto que produce la rutina sobre nuestra vida, hasta el punto de privarnos de la conciencia de lo que hacemos, o de la enorme trascendencia de algunos de nuestros actos. Votar, por ejemplo. ¿Se han parado ustedes a pensar en todo lo que significa ese sencillo acto que tenemos la fortuna de repetir cada poco tiempo? ¿Tienen idea de cuántos conceptos hubo que modificar, cuántas instituciones hubo que crear, cuántos poderes hubo que vencer y cuánta cultura política hay que poseer para que sea posible ese sencillo acto de escoger una papeleta, meterla en un sobre y ejercer la alícuota parte de soberanía que a cada cual le corresponde? Claro que se entiende perfectamente que si la monotonía invade la misa, las sentencias, los goles de la UEFA, los muertos de la UCI y los entierros, también acabe tocando al simple y humilde acto de votar. Pero no nos vendría nada mal si, aunque sólo fuese una vez, nos acercásemos al colegio electoral con plena conciencia de lo que estamos haciendo y de la enorme cantidad de procesos históricos que confluyen en ese singular momento. También es hermoso, no lo dudo, hacerlo con plena normalidad. Salir de paseo, votar, saludar a los vecinos y desayunar chocolate con churros. Pero me parece imprescindible que, aunque sólo sea una vez, libremos el ejercicio del voto del peso de la monotonía. Y para eso basta con este sencillo ejercicio: vote usted como siempre, y, una vez que lo haya hecho, tómese un café tranquilo mientras hace una recopilación y una descripción de sus propios pasos. Y experimente el placer de ver a los poderosos buscando su voto y explicándole lo que quieren hacer por usted, hágales un examen y póngales una nota inapelable, sienta la libertad absoluta de escoger una papeleta y meterla en un sobre sin que ningún poder del mundo pueda interferir en su voluntad o capricho, y obsérvese despacio a si mismo, camino del colegio electoral, rodeado de la invisible aura de un ciudadano. Y luego meta su sobre en la urna. Porque de eso depende que le barran bien su calle, o que se pare a tiempo la guerra de Afganistán. ¿Que parece mentira? Pues es verdad.