CARLOS G. REIGOSA
07 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.La tertulia tuvo lugar la pasada semana en un conocido hotel madrileño y, anécdotas aparte, el asunto principal no podía ser otro, por la condición natal (y profesional) de los asistentes, que la cita electoral gallega. Ventaja de que fuese así: todos hablábamos a calzón quitado, conscientes de estar en una charla privada (algo que no cambiará este artículo, ya que no revelará ningún nombre propio). Desventaja: nadie intentó profundizar en las distintas vertientes electorales, surgidas al azar en una charla distendida. ¿Qué significan las elecciones para Galicia? Lo dijo Burke: las elecciones son inseparables de la libertad. Son, por tanto, una oportunidad de decidir libremente. Pero ¿de qué oportunidad hablamos en este caso? Una voz dice: «Si gana Fraga, que parece lo más probable, es bueno para Galicia y malo para España». ¿Qué ha querido decir? Lo explica: «Galicia no parece pedir a gritos un cambio, y ello favorece al actual presidente, pero esa victoria puede frenar los progresos que está haciendo Aznar en la asimilación de las lecciones del País Vasco y de Gescartera. Con la victoria de Fraga, Aznar podría volver a ensimismarse en su éxito». Discrepa otro contertulio: «El resultado no está zanjado: Touriño está haciendo un buen discurso, me ha gustado en su entrevista en TVE, y Beiras está tocando en la campaña temas de interés inmediato, como la educación, sin asustar con posiciones radicales, aceptando expresamente el marco constitucional y estatutario. No, el resultado aún no está claro». La edad de Fraga no se percibe como un obstáculo. «Está en su derecho de presentarse, y los que quieren apearlo tienen la ocasión de intentarlo en las próximas elecciones, que es el espacio legitimado para hacerlo». Los millones de Cuiña, en cambio, despiertan más reticencias, aunque uno de los presentes lo tiene claro: «Si te toca una herencia, no vas a correr a deshacerte de ella porque estés en la política. Las incompatibilidades deberían tener plazos más razonables para una salida sin precipitaciones ni opciones radicales». ¿Ha cambiado mucho Galicia en los últimos años? «Mira si es distinta que Fraga, según dicen, les pone a los alcaldes del PP como modelo a Paco Vázquez, y Vázquez ve con buenos ojos la continuidad de Fraga: se fía más de él que del abrazo entre socialistas y nacionalistas, que le parece el abrazo del oso bloqueiro». Por lo demás, la consideración sobre el actual presidente es clara. «Fraga ya tiene un puesto en la Historia», dice uno. «En la del siglo XX», matiza otro. «En la que quieras: él tiene un puesto en la Historia y los demás, no». «Ahora se trata de tener un puesto en el futuro, ¿no?». Pero, bueno, ¿qué va a pasar en las próximas elecciones? Un contertulio se anima: «Quizás a Galicia le conviene ahora que gane Fraga y que gobierne el tiempo que le corresponda. Sólo de esta manera se podrá llegar a un postfraguismo moderno, con los partidos rejuvenecidos y con todas las fuerzas más centradas. Hay cuatro años por delante para conseguirlo. El BNG de ahora no es el de antes, pero aún despierta recelos, y el PP de mañana tampoco será el de hoy. Habrá un antes y un después de Fraga». Hay discrepancias («Eso ya se decía hace cuatro años») y nuevos argumentos («El PP debe aprender a presentarse sin Fraga»), pero no sobre la frase final del antes y el después. ¿Son vaticinios de contertulios relajados? Sin duda. Pero, desprovistos del compromiso de comparecer en público, me parecen más fiables que otras reflexiones publicadas, que quizá acaban por darle la razón a Jacques Revel cuando afirmó que los columnistas suelen decir en público cosas muy distintas de las que confiesan en privado. Diluido yo mismo en la pluralidad de una tertulia privada, no creo que pueda incluírseme en este grupo. Por esta vez. (Es ésta una forma de confesar la propia incertidumbre y de rechazar la bola de cristal para hacer augurios partidistas que a nadie aprovechan).