XOSÉ LUÍS BARREIRO
05 oct 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Desde que supe que Fraga es un esclavo de la puntualidad, capaz de dar su vida por un segundo, acostumbro a llegar tarde a todas partes, como si el retraso me diese libertad. Por eso tuve que desarrollar una depurada técnica que, en sólo dos palabras, me permite dar una razonable explicación de mi tardanza, como si, en vez de un reproche, mereciese una medalla. Pues algo así nos pasa también a los gallegos, que, incapaces de plantearnos en serio el cambio político y el futuro del país, hemos desarrollado una sublime técnica de explicación del voto, capaz de justificar cualquier actitud y cualquier error, y que, en no más de diez segundos, nos permite enterrar a un líder político que hemos tardado veinte años en construir. Sin que nadie acierte a explicar el porqué de su actitud, una gran mayoría de los votantes de Fraga presumen de su abierta propensión a votar -¡en caso de que lo hubiese!- a otro candidato y a otra concepción de Galicia. Aunque, no más terminar de decirlo, también te endilgan un plúmbeo discurso destinado a convencerte de que Fraga no hay más que uno -nacido para mandar y ser obedecido-, y que a todos los demás los hemos encontrado en la calle. Y ahí aparece Beiras: que sí, pero no; y que, siendo muy listo y teniendo mucho mérito, no lo vemos de presidente. ¿Por qué? Porque habla con vehemencia, porque ya se le ven los años, porque una cosa es él y otra su partido, porque tiene un problema sucesorio que no acaba de resolver, porque su figura política surge de la nebulosa del marxismo, porque no todos los del Bloque son como Beiras y porque su figura no cumple los cánones electorales diseñados para Kennedy. ¡Por eso votamos a Fraga! Porque habla dulce y claro como Rosa María Mateo y nunca despacha a nadie con cajas destempladas, porque está como una rosa, porque está rodeado de gente como él (José Luis Baltar, Francisco Cacharro Pardo...), porque resolvió con claridad su problema sucesorio, porque su trayectoria empieza y termina con la democracia, sin un pasado que le interpele, y porque, dadas sus formas elegantes y suaves, parece un JFK resucitado. Y por eso nos vamos a jugar a un solo envite el capital político de Beiras. Mientras de un lado lo tragamos todo, por la boca ancha del funil, del otro nos ponemos divinos y no nos cuelan ni una. De nada sirve que sea el líder que unificó y centró el galleguismo político, o que haya demostrado competencia intelectual y honradez indubitadas, o que haya entregado su vida a una causa limpia y coherente, o que haya creado la estructura de partidos que va a definir el futuro de este país. Porque nada detiene a quien va a votar con un bagaje como este: «Está ben, pero eu nono vexo». Amén.